Friday, September 23, 2016

Cuento de la semana: La nariz, de Nikolai Gógol


 Nikolai Gógol es conocido como el iniciador de la literatura moderna rusa (junto con Pushkin y, posiblemente, Leskov). Es posible encontrar múltiples referencias a su obra en los escritos de Dostoievski, Chéjov y Tólstoi, así de capital es su importancia en la historia de las letras de su país, excepto porque en realidad era ucraniano...
Ya puestos, "La nariz" forma parte de "Historias de San Petersburgo", libro que contiene cinco relatos y que fue publicado en una época temprana de su obra. Funciona como un catalizador para ingresar al resto de sus escritos, que suelen derrapar en los delirios más inconcebibles, llegando a rozar el surrealismo por momentos. Prepárense para una narración absurda, delirante, pero ante todo, desternillante.


¿Alguien reconoce este cuadro en una renombrada película rusa?



                                                                                     I
En marzo, el día 25, sucedió en San Petersburgo un hecho de lo más insólito. El barbero Iván Yákovlevich, domiciliado en la Avenida Voznesenski (su apellido no ha llegado hasta nosotros y ni siquiera figura en el rótulo de la barbería, donde sólo aparece un caballero con la cara enjabonada y el aviso de «También se hacen sangrías»), el barbero Iván Yákovlevich se despertó bastante temprano y notó que olía a pan caliente. Al incorporarse un poco en el lecho vio que su esposa, señora muy respetable y gran amante del café, estaba sacando del horno unos panecillos recién cocidos.
-Hoy no tomaré café, Praskovia Osipovna -anunció Iván Yákovlevich-. Lo que sí me apetece es un panecillo caliente con cebolla.
(La verdad es que a Iván Yákovlevich le apetecían ambas cosas, pero sabía que era totalmente imposible pedir las dos a la vez, pues a Praskovia Osipovna no le gustaban nada tales caprichos.) «Que coma pan, el muy estúpido. Mejor para mí: así sobrará una taza de café», pensó la esposa. Y arrojó un panecillo sobre la mesa.
Por aquello del decoro, Iván Yákovlevich endosó su frac encima del camisón de dormir, se sentó a la mesa provisto de sal y dos cebollas, empuñó un cuchillo y se puso a cortar el panecillo con aire solemne. Cuando lo hubo cortado en dos se fijó en una de las mitades y, muy sorprendido, descubrió un cuerpo blanquecino entre la miga. Iván Yákovlevich lo tanteó con cuidado, valiéndose del cuchillo, y lo palpó. «¡Está duro! -se dijo para sus adentros-. ¿Qué podrá ser?»
Metió dos dedos y sacó… ¡una nariz! Iván Yákovlevich estaba pasmado. Se restregó los ojos, volvió a palpar aquel objeto: nada, que era una nariz. ¡Una nariz! Y, además, parecía ser la de algún conocido. El horror se pintó en el rostro de Iván Yákovlevich. Sin embargo, aquel horror no era nada, comparado con la indignación que se adueñó de su esposa.
-¿Dónde has cortado esa nariz, so fiera? -gritó con ira-. ¡Bribón! ¡Borracho! Yo misma daré parte de ti a la policía. ¡Habrase visto, el bribón! Claro, así he oído yo quejarse ya a tres parroquianos. Dicen que, cuando los afeitas, les pegas tales tirones de narices que ni saben cómo no te quedas con ellas entre los dedos.
Mientras tanto, Iván Yákovlevich parecía más muerto que vivo. Acababa de darse cuenta de que aquella nariz era nada menos que la del asesor colegiado Kovaliov, a quien afeitaba los miércoles y los domingos.
-¡Espera, Praskovia Osipovna! Voy a dejarla de momento en un rincón, envuelta en un trapo, y luego me la llevaré.
-¡Ni hablar! ¡Enseguida voy a consentir yo una nariz cortada en mi habitación!… ¡Esperpento! Como no sabe más que darle correa a la navaja para suavizarla, pronto será incapaz de cumplir con su cometido. ¡Estúpido! ¿Crees que voy a cargar yo con la responsabilidad cuando venga la policía? ¡Fuera esa nariz! ¡Fuera! ¡Llévatela adonde quieras! ¡Que no vuelva yo a saber nada de ella!
Iván Yákovlevich seguía allí como petrificado, pensando y venga a pensar, sin que se le ocurriera nada.
-El demonio sabrá cómo ha podido suceder esto -dijo finalmente, rascándose detrás de una oreja-. ¿Volví yo borracho anoche, o volví fresco? No podría decirlo a ciencia cierta. Ahora bien, según todos los indicios, éste debe ser un asunto enrevesado, ya que el pan es una cosa y otra cosa muy distinta es una nariz. ¡Nada, que no lo entiendo!
Iván Yákovlevich enmudeció, a punto de desmayarse ante la idea de que la policía llegase a encontrar la nariz en su poder y lo empapelara.
Le parecía estar viendo ya el cuello rojo del uniforme, todo bordado en plata, la espada… y temblaba de pies a cabeza. Finalmente, agarró la ropa y las botas, se puso todos aquellos pingos y, acompañado por las desabridas reconvenciones de Praskovia Osipovna, se echó a la calle llevando la nariz envuelta en un trapo.
Tenía la intención de deshacerse del envoltorio en cualquier parte, tirándolo tras el guardacantón de una puerta cochera o dejándolo caer como inadvertidamente y torcer luego por la primera bocacalle. Lo malo era que, en el preciso momento, se cruzaba con algún conocido, que enseguida empezaba a preguntarle:
«¿A dónde vas?, o ¿a quién vas a afeitar tan temprano?», de manera que a Iván Yákovlevich se le escapaba la ocasión propicia. Una vez consiguió dejarlo caer, pero un guardia urbano le hizo señas desde lejos con su alabarda al tiempo que le advertía: «¡Eh! Algo se te ha caído. Recógelo». De modo que Iván Yákovlevich tuvo que recoger la nariz y guardársela en el bolsillo.
Lo embargaba la desesperación, sobre todo porque el número de transeúntes se multiplicaba sin cesar, a medida que se abrían los comercios y los puestos.
Tomó la decisión de llegarse al puente Isákievski, por si conseguía arrojar la nariz al río Neva… Pero, a todo esto, he de pedir disculpas por no haber dicho hasta ahora nada acerca de Iván Yákovlevich, persona honorable bajo muchos conceptos.
Como todo menestral ruso que se respete, Iván Yákovlevich era un borracho empedernido. Y aunque a diario afeitaba mentones ajenos, el suyo estaba eternamente sin rapar. El frac de Iván Yákovlevich (porque Iván Yákovlevich jamás usaba levita) ostentaba tantos lamparones parduzcos y grises que, a pesar de ser negro, parecía hecho de tela estampada; además tenía el cuello lustroso de mugre y unas hilachas en el lugar de tres botones. Iván Yákovlevich era un gran cínico. El asesor colegiado Kovaliov solía decirle mientras lo afeitaba: «Siempre te apestan las manos, Iván Yákovlevich.» A lo que Iván Yákovlevich contestaba preguntando a su vez: «¿Y por qué han de apestarme?» El asesor colegiado insistía: «No lo sé, hombre; pero te apestan.» Por lo cual, y después de aspirar una toma de rapé, Iván Yákovlevich le aplicaba el jabón a grandes brochazos en las mejillas, debajo de la nariz, detrás de las orejas, en el cuello… Donde se le antojaba, vamos.
Nuestro respetable ciudadano se encontraba ya en el puente de Isákievski. Empezó por mirar a su alrededor, luego se asomó por encima del pretil como para ver si había muchos peces debajo del puente y arrojó disimuladamente el trapo con la nariz. Notó como si le hubieran quitado de golpe diez puds de encima: incluso esbozó una sonrisita socarrona. Y entonces, cuando en vez de marcharse a rapar mentones oficinescos se dirigía a tomar un vaso de ponche en cierto establecimiento cuyo rótulo decía «Comidas y té», divisó de pronto al final del puente a un guardia de gallarda apostura y frondosas patillas con su tricornio y su espada. Se quedó frío: el guardia lo llamaba con un dedo y decía:
-Ven para acá, hombre.
Conocedor de las ordenanzas, Iván Yákovlevich se quitó el gorro desde lejos y obedeció a toda prisa con estas palabras:
-¡Salud tenga usía!
-Deja, hombre, déjate de usías y explícame lo que estabas haciendo ahí en el puente.
-Por Dios le juro, señor, que iba a afeitar a un parroquiano y sólo me detuve a mirar si llevaba mucha agua el río.
-¡Mentira! Estás mintiendo. Pero, no te ha de valer. Haz el favor de contestar.
-Estoy dispuesto a afeitar a vuestra merced dos veces por semana, o incluso tres, sin rechistar -contestó Iván Yákovlevich.
-¡Quiá! Déjate de bobadas, amigo. A mí me afeitan ya tres barberos, y lo tienen a mucha honra. Conque haz el favor de contarme lo que estabas haciendo allí.
Iván Yákovlevich se puso lívido… Pero el suceso queda a partir de aquí totalmente envuelto en brumas y no se sabe nada en absoluto de lo ocurrido después.
II
El asesor colegiado Kovaliov se despertó bastante temprano y resopló -«brrr…»-, cosa que hacía siempre al despertarse, aunque ni él mismo habría podido explicar por qué razón. Kovaliov se desperezó y pidió un espejo pequeño que había encima de la mesa. Quería verse un granito que le había salido la noche anterior en la nariz. Y entonces, para gran asombro suyo, en el lugar de su nariz descubrió una superficie totalmente lisa. Mandó que le trajeran agua y se frotó los ojos con una toalla húmeda: ¡nada, que no estaba la nariz! Comenzó a palparse, preguntándose si estaría dormido. Pero, no; no era una figuración. El asesor colegiado Kovaliov se tiró precipitadamente de la cama, sacudiendo la cabeza con preocupación: ¡no tenía nariz! Pidió su ropa al instante y partió como una flecha a ver al jefe de policía.
A todo esto, bueno sería decir unas palabras acerca de Kovaliov para poner al lector en antecedentes del rango de nuestro asesor colegiado. Los asesores colegiados que han obtenido su título mediante estudios respaldados por certificaciones científicas no pueden ser comparados en modo alguno con aquellos que se han firmado en el Cáucaso. Son dos categorías enteramente distintas. Los asesores colegiados… Pero, Rusia es un país tan peregrino que basta decir algo acerca de un asesor colegiado para que, desde Riga hasta Kamchatka, se den por aludidos todos cuantos poseen igual título… Y lo mismo sucede con todos los demás títulos o grados. Kovaliov era asesor colegiado del Cáucaso. Sólo hacía dos años que ostentaba el título, hecho que no se permitía olvidar ni por un instante. De manera que, para darse más prestancia y fuste, nunca se presentaba como asesor colegiado sino como mayor. «Oye, guapa, pásate por mi casa -solía decir al cruzarse en la calle con alguna vendedora de pecheras almidonadas-. Está en la calle Sadóvaya. Con que preguntes dónde vive el mayor Kovaliov, cualquiera te lo dirá.» Y si se encontraba con una de buen palmito, precisaba confidencialmente: «Pregunta por el piso del mayor Kovaliov, ¿eh, preciosa?» Por eso mismo, también nosotros llamaremos mayor a este asesor colegiado.
El mayor Kovaliov tenía el hábito de pasear todos los días por la Avenida Nevski. Llevaba siempre el cuello de la pechera muy limpio y almidonado. Sus patillas eran como las que todavía usan los agrimensores provinciales y comarcales, los arquitectos y los médicos de regimiento, igual que los funcionarios de policía y, en general, todos esos caballeros de mejillas rubicundas y sonrosadas que suelen jugar muy bien al boston: son unas patillas que bajan hasta media cara y llegan en línea recta a la misma nariz. El mayor Kovaliov lucía multitud de dijes, unos de cornalina, otros con escudos labrados y también de los que llevan grabadas las palabras miércoles, jueves, lunes, etc. El mayor Kovaliov había viajado a San Petersburgo para ciertos menesteres consistentes en buscar un acomodo a tenor con su rango: un nombramiento de vicegobernador, si lo conseguía, o, en todo caso, el de ejecutor en algún Departamento de fuste. El mayor Kovaliov tampoco estaba en contra de casarse, pero sólo en el caso de que acompañara a la novia un capital de doscientos mil rublos. Por todo lo cual podrá comprender ahora el lector el estado de ánimo de este mayor al descubrir un estúpido espacio plano y liso en lugar de su nariz, que no era nada fea ni desproporcionada.
Para colmo de males, no aparecía ni un solo coche de punto por la calle, y el mayor tuvo que caminar a pie, embozado en su capa y cubriéndose la cara con un pañuelo como si fuera sangrando. «Pero, bueno, ¿no será esto una figuración mía? Es imposible que una nariz se extravíe así, estúpidamente», pensó, y entró en una pastelería, con el solo fin de mirarse al espejo. Por fortuna, no había parroquianos en el establecimiento. Unos chicuelos barrían el local y ordenaban los asientos mientras otros, con ojos de sueño, sacaban bandejas de pastelillos recién hechos; sobre las mesas y las sillas andaban tirados periódicos de la víspera manchados de café. «¡Menos mal que no hay nadie! -se dijo Kovaliov-. Ahora podré mirarme.» Se acercó tímidamente al espejo y miró. «Pero, ¿qué demonios de porquería es ésta? -profirió soltando un salivazo-. ¡Si por lo menos hubiera algo en lugar de la nariz!… ¡Pero, es que no hay nada!»
Salió de la pastelería mordiéndose los labios de rabia y, en contra de sus hábitos, decidió no mirar ni sonreír a nadie. De pronto, se detuvo atónito a la entrada de una casa. Ante sus ojos se produjo un fenómeno inexplicable: un carruaje paró al pie de la puerta principal y, cuando se abrió la portezuela, saltó a tierra, ligeramente encorvado, un caballero de uniforme que subió con presteza la escalinata. Cuál no sería el sobresalto, y al mismo tiempo la estupefacción de Kovaliov al reconocer a su propia nariz. A la vista de semejante portento, le pareció que todo daba vueltas a su alrededor. Notó que apenas podía tenerse en pie y, sin embargo, decidió, aunque tiritando como si tuviera fiebre, aguardar a toda costa a que volviera a subir al coche. Efectivamente, a los dos minutos salió la nariz. Vestía uniforme bordado en oro, de cuello alto, y pantalón de gamuza y llevaba la espada al costado. El penacho del tricornio indicaba que poseía el rango de consejero de Estado. Según todas las apariencias, estaba haciendo visitas. Miró a un lado y a otro, llamó de un grito al cochero, subió al carruaje y partió.
El pobre Kovaliov estuvo a punto de volverse loco.
No sabía ni qué pensar de tan extraño suceso. En efecto, ¿cómo podía vestir uniforme una nariz que, la víspera sin ir más lejos, se encontraba en mitad de su cara y no era capaz de desplazarse, ni en carruaje ni a pie, por sí sola? Corrió en pos del vehículo que, felizmente, pronto se detuvo ante la iglesia de Nuestra Señora de Kazán.
Kovaliov corrió hacia el templo, abriéndose paso entre las filas de viejas mendigas -entrapajadas hasta el extremo de que sólo quedaban dos orificios para los ojos- de las que tanto se burlaba antes, y penetró en la iglesia. Había pocos fieles y casi todos se habían quedado cerca de la puerta. Kovaliov se hallaba en tal estado de consternación que ni siquiera tenía ánimos para rezar, y buscaba con los ojos a aquel caballero por todos los rincones. Al fin lo descubrió, un poco apartado. La nariz tenía el rostro totalmente oculto por el gran cuello alto y oraba con extraordinaria devoción.
«¿Cómo lo abordaría? -se preguntó Kovaliov-. A la vista está, por el uniforme, por el tricornio, que se trata de un consejero de Estado. El demonio sabrá…»
Carraspeó varias veces cerca de la nariz, que no abandonaba ni por un instante su devota actitud ni cesaba en sus genuflexiones.
-Caballero… -dijo Kovaliov, haciendo un esfuerzo para darse ánimos-. Caballero…
-¿Qué se le ofrece? -preguntó la nariz volviendo la cara.
-Estoy extrañado, caballero… Me parece… Debería usted saber cuál es su sitio. De repente lo encuentro a usted… ¿Y dónde le encuentro? En una iglesia. Habrá de convenir que…
-Perdone usted, pero no logro entender lo que tiene usted a bien decirme. Explíquese.
«¿Cómo voy a explicarme?» -pensó Kovaliov-, y luego, sacando fuerzas de flaqueza, comenzó:
-Claro que yo… Por cierto, he de decirle que soy mayor y eso de andar por ahí sin nariz, como usted comprenderá, es indecoroso. Sin nariz podría pasar cualquiera de esas vendedoras de naranjas peladas del puente de Voskresenski; pero yo, que aspiro a obtener…, habiendo sido presentado en muchas casas donde hay damas como la señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado, y otras muchas… Hágase usted cargo… Yo no sé, caballero… -al llegar aquí, el mayor Kovaliov se encogió de hombros-. Usted perdone, pero considerando todo esto desde el punto de vista de las normas del deber y del honor…, usted mismo comprenderá…
-Pues no. No comprendo absolutamente nada -contestó la nariz-. Hable de modo más explícito.
-Caballero… -replicó Kovaliov con aire muy digno-, no acierto a interpretar sus palabras… Me parece que el asunto está bien claro. ¡O pretende usted… ¡Pero si usted es mi propia nariz!
La nariz consideró al mayor y frunció un poco el ceño.
-Está usted en un error, caballero. Yo soy yo, además, que entre nosotros no puede haber la menor relación directa, pues a juzgar por los botones de su uniforme, usted pertenece a otro departamento que yo.
Dicho esto, la nariz volvió la cabeza y prosiguió sus oraciones.
Totalmente confuso, Kovaliov se quedó sin saber qué hacer y ni siquiera qué pensar. En esto se escuchó el encantador rumor de unas vestiduras femeninas. Llegaba una señora de cierta edad, toda encajes, y con ella otra, muy esbelta, con un vestido blanco que dibujaba a la perfección su fina silueta y un sombrero de paja ligero como un pastel.
Un lacayo alto, con frondosas patillas y una buena docena de esclavinas en la librea, se situó detrás de ellas y abrió una tabaquera.
Kovaliov se acercó un poco, estiró el cuello de batista de su pechera, retocó los dijes colgantes de la cadena de oro y, sonriendo a un lado y a otro, fijó su atención en la etérea dama que se inclinaba levemente, parecida a una florecilla de primavera, y elevaba hacia la frente su breve mano blanca de dedos traslúcidos. La sonrisa de Kovaliov se acentuó cuando divisó, bajo el sombrero, su mentón redondo, deslumbrante de blancura, y parte de la mejilla teñida por el color de la primera rosa primaveral. Pero de pronto pegó un respingo como si se hubiera quemado con algo. Recordó que no tenía absolutamente nada en lugar de nariz y se le saltaron las lágrimas. Dio media vuelta con objeto de tildar sin rodeos de farsante y miserable al señor del uniforme, para decirle que no era ni por asomo consejero de Estado, sino única y exclusivamente su propia nariz… Pero ya no estaba allí la nariz. Se conoce que, entre tanto, había salido disparada para continuar sus visitas.
Esta circunstancia sumió a Kovaliov en la desesperación. Salió de la iglesia y se detuvo un instante bajo el pórtico, escudriñando hacia todas partes por si divisaba en algún sitio a su nariz. Recordaba muy bien que llevaba tricornio con penacho y uniforme bordado en oro, pero no se había fijado en el capote, ni en el color del carruaje, ni en los caballos y ni siquiera en si llevaba lacayo detrás y cómo era su librea. Con la particularidad de que habría sido difícil identificar aquel carruaje entre tantos, como circulaban en uno y otro sentido a toda velocidad. Además, aunque lo hubiese identificado, no tenía a su alcance ningún medio para hacerlo detenerse. Hacía un día espléndido y soleado. La Avenida Nevski era un hormiguero de gente. Desde el puente de Politséiski hasta el de Anichkin cubría las aceras una policroma cascada femenina. Kovaliov divisó también a un consejero de la Corte conocido suyo a quien siempre daba el tratamiento de teniente coronel, especialmente si se hallaban ante extraños. Luego vio a Yariguin, jefe de negociado en el Senado, gran amigo suyo, que siempre era pillado en renuncio al boston cuando jugaba el ocho. Y otro mayor, con asesoría del Cáucaso, que agitaba una mano llamándolo…
-¡Maldita sea! -masculló Kovaliov-. ¡Eh, cochero! ¡A la prefectura de policía!
Kovaliov subió al vehículo y se pasó todo el trayecto gritándole al cochero: «¡arrea, hombre, arrea!»
-¿Está en su despacho el señor prefecto? -preguntó a voz en cuello al penetrar en el vestíbulo.
-No, señor -contestó el conserje-. Acaba de salir.
-¡Ésta sí que es buena!
-Y no hace mucho que salió, por cierto -añadió el conserje-. Con haber llegado un momento antes, quizá lo hubiera encontrado.
Sin apartar el pañuelo de su rostro, Kovaliov regresó al coche de alquiler y ordenó con acento desesperado:
-¡Tira!
-¿Hacia dónde? -inquirió el cochero.
-Derecho.
-¡Derecho! ¡Pero, si estamos en un cruce! A la derecha o a la izquierda?
Esta pregunta dejó cortado a Kovaliov y lo obligó a reflexionar de nuevo. En su situación, lo lógico era acudir, antes que nada, a la Dirección de Seguridad, y no por su relación directa con la policía, sino porque sus disposiciones podían ser mucho más expeditas que las de otras instancias. En cuanto a buscar justicia recurriendo a las autoridades superiores del Departamento al que dijo pertenecer la nariz, no tenía sentido, pues de las propias respuestas de la nariz se podía colegir que no había nada sagrado para aquel sujeto y era muy capaz de mentir en esa circunstancia, lo mismo que había mentido al afirmar que nunca se habían visto. De modo que Kovaliov iba a ordenar ya al cochero que lo condujera a la Dirección de Seguridad, cuando de nuevo lo asaltó la idea de que aquel redomado bribón, que con tanta desfachatez se había comportado durante la primera entrevista, podía muy bien aprovechar el tiempo para escabullirse de la ciudad y todas las pesquisas serían entonces inútiles o podían durar un mes entero si Dios no ponía remedio. Finalmente, como si el cielo lo iluminara, decidió personarse en la oficina de publicidad para que apareciera en los periódicos, sin pérdida de tiempo, un anuncio con la descripción detallada de todas las señas, de manera que cuantos se encontraran con él pudieran conducirlo, acto seguido, a su presencia o, por lo menos, darle a conocer su paradero. Nada más tomar esta decisión, ordenó al cochero que lo llevara a la oficina de publicidad, y fue todo el trayecto aporreándole la espalda con el puño, repitiendo: «¡Date prisa, miserable! ¡Date prisa, bribón!» A lo que el cochero sólo contestaba: «¡Ay, señorito!…», sacudiendo la cabeza y arreando con las riendas a su caballo, tan peludo como un perro de lanas. El carruaje se detuvo al fin, y Kovaliov irrumpió todo jadeante en una oficina de reducidas dimensiones. Detrás de una mesa, un empleado canoso y con gafas, que vestía un viejo frac, recontaba las monedas que había cobrado, manteniendo la pluma entre los dientes.
-¿Quién recibe aquí los anuncios? -preguntó Kovaliov en un grito-. ¡Ah! Buenos días.
-Muy buenos los tenga usted -contestó el empleado canoso alzando un momento los ojos y volviendo a posarlos en el dinero que contaba.
-Desearía insertar…
-Perdone. Le ruego que aguarde un instante -profirió el empleado anotando un número en un papel al tiempo que pasaba dos bolas de ábaco con la mano izquierda.
Un lacayo de casa grande, a juzgar por su empaque y por su librea galonada, esperaba junto a la mesa con una nota en la mano y consideró oportuno patentizar su urbanidad:
-Le aseguro, caballero, que el perrillo no vale ochenta kopecs. Es más: yo no daría ni cuatro por él. Pero la Condesa le tiene cariño; sí, le tiene cariño, y ya ve usted: ¡cien rublos a quien lo encuentre! Si hemos de hablar con propiedad, así, como estamos aquí usted y yo, hay personas que tienen gustos disparatados. Puestos a tener un perro, que sea uno de muestra, o un maltés. Y entonces, no hay que reparar en quinientos rublos; ni siquiera en mil, con tal de que sea lo que se dice todo un perro.
El respetable empleado escuchaba todo aquello con aire entendido, aunque sin dejar por eso de calcular las letras del anuncio que le habían entregado. Alrededor se apretujaban viejucas, dependientes de comercio y porteros; todos con alguna nota en la mano. Una era ofreciendo los servicios de un cochero de conducta sobria; otra un carruaje en buen uso, traído de París el año 1814, y otra más una moza de diecinueve años, sabiendo lavar y planchar, así como otras faenas… Se vendía una calesa resistente, aunque le faltaba una ballesta, un joven y brioso caballo rodado de diecisiete años, simientes de nabo y rábano recién recibidas de Londres, una casa de campo con todas sus dependencias, dos cuadras para caballos y un terreno donde se podía plantar un magnífico soto de abedules o abetos… También había un aviso para quienes desearan adquirir suelas usadas, invitándolos a la reventa que se efectuaba diariamente de ocho a tres. El cuarto donde se hacinaba toda aquella gente era pequeño y la atmósfera estaba sumamente cargada; pero el asesor colegiado no podía percibir el olor porque se cubría la cara con el pañuelo y porque su nariz se encontraba Dios sabía dónde.
-Permítame preguntarle, señor mío… Es muy urgente, -pronunció al fin con impaciencia.
-Ahora mismo, ahora mismo… Son dos rublos con cuarenta y tres kopecs. Enseguida lo atiendo. Un rublo con sesenta y cuatro kopecs -decía el empleado canoso arrojándoles a viejucas y porteros sus respectivos recibos a la cara-. ¿Deseaba usted? -preguntó al fin dirigiéndose a Kovaliov.
-Pues, quisiera… -contestó Kovaliov-. He sido víctima de una extorsión o de una superchería…, no podría decirlo a ciencia cierta hasta este momento… Sólo quisiera anunciar que quien me traiga a ese canalla será cumplidamente recompensado.
-¿Su apellido, por favor?
-¿Mi apellido? ¡No! ¿Para qué? No puedo decirlo. ¡Con tantas amistades como tengo! La señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado… Palagueia Grigórievna Podtóchina, casada con un oficial superior… ¿Y si se enteraran de pronto? ¡Dios me libre! Puede usted poner, sencillamente, un asesor colegiado o, mejor todavía, un caballero con el grado de mayor.
-Y el que se le ha escapado, ¿era siervo suyo?
-¿Quién habla de un siervo? Eso no sería una granujada muy grande. Lo que se me ha escapado es… la nariz…
-¡Jum! ¡Qué apellido tan raro! ¿Y le ha estafado mucho ese señor?
-No me ha entendido usted. Cuando digo nariz, no me refiero a un apellido, sino a mi propia nariz, que ha desaparecido sin dejar rastro. ¡Alguna jugarreta del demonio!
-Pero, ¿de qué modo ha desaparecido? No acabo de hacerme cargo.
-Tampoco podría decir yo de qué modo ha desaparecido; pero lo esencial es que ahora anda de un lado para otro por la ciudad y se hace pasar por consejero de Estado. Por eso le ruego poner el anuncio: para que quien le eche mano me la traiga inmediatamente, sin dilación alguna. Hágase usted cargo: ¿cómo me las voy a arreglar sin un apéndice tan visible? Porque no se trata de un simple meñique del pie, por ejemplo, que va metido dentro de la bota y nadie advierte su falta. Yo suelo ir los jueves a casa de la señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado. También me distinguen con su amistad Palagueia Grigórievna Podtóchina, casada con un oficial de Estado Mayor, y su hija, que es un encanto. Conque, dígame usted qué hago yo ahora. No puedo presentarme a ellas de ninguna manera.
El empleado se puso a cavilar, lo que podía colegirse por el modo de apretar los labios.
-Pues, no. No puedo insertar ese anuncio -dictaminó al fin, después de un largo silencio.
-¿Cómo? ¿Por qué no?
-Porque podría desprestigiar a un periódico. Si ahora se pone a escribir la gente que se le ha escapado la nariz, pues… Demasiado se murmura ya de que publicamos muchos disparates y bulos.
-¿Y por qué es esto un disparate? Me parece que no tiene nada de particular.
-Eso se lo parece a usted. Bueno, pues mire: la semana pasada ocurrió algo por el estilo. Se presentó un funcionario, de la misma manera que se ha presentado usted ahora, con una nota que le salió por dos rublos y setenta y tres kopecs, anunciando en todo y por todo que se había escapado un perro de aguas de pelo negro. Al parecer, nada de particular, ¿verdad? Pues resultó un embrollo: se trata del cajero de no recuerdo qué establecimiento.
-Pero el anuncio que yo le traigo no se refiere a ningún perro, sino a mi propia nariz, cosa que equivale casi a mi propia persona.
-No. Yo no puedo insertar en modo alguno un anuncio así.
-Pero, ¡si es verdad que se ha extraviado mi nariz!
-Entonces, eso es cosa de los médicos. Los hay, según cuentan, que son capaces de ponerle a la gente la nariz que quiera. Pero, estoy viendo que es usted un hombre de buen humor y amigo de gastar bromas.
-¡Por Dios santo, le juro que es verdad! En fin, si hasta aquí hemos llegado, ahora verá usted mismo…
-¿Para qué se va a molestar? -protestó el empleado tomando un poco de rapé-. Aunque, si no le hace extorsión -añadió, picado ya por la curiosidad-, me gustaría verlo.
El asesor colegiado retiró el pañuelo de su rostro.
-Es rarísimo, efectivamente -opinó el empleado-. Tiene el sitio de la nariz tan liso como la palma de la mano. Sí, sí, increíblemente liso…
-¿Seguirá discutiendo ahora? Ya lo está viendo: no hay más remedio que publicarlo. Le quedaré especialmente agradecido, y celebro que este suceso me haya proporcionado el placer de conocerle…
Como puede verse, el mayor llegó incluso a rebajarse un poco en esta ocasión.
-Claro que publicarlo no cuesta ningún trabajo -dijo el empleado-, aunque no veo que saque provecho alguno de ello. Si tanto interés tiene, cuéntele el caso a alguien que tenga la pluma fácil para que lo describa como un fenómeno de la naturaleza y lo publique en La abeja del Norte -aquí sorbió otro poco de tabaco- para instrucción de la juventud -aquí se limpió la nariz- o simplemente como un hecho curioso.
El asesor colegiado estaba totalmente apabullado. Bajó los ojos, que tropezaron con la cartelera de espectáculos al pie de un periódico. Iba a sonreír al leer el nombre de una encantadora actriz y echaba ya mano al bolsillo para comprobar si llevaba algún billete de cinco rublos, pues los oficiales superiores, en opinión de Kovaliov, debían sentarse en el patio de butacas, cuando el recuerdo de la nariz echó por tierra toda su alegría.
Al propio empleado pareció afectarle la situación peliaguda de Kovaliov. Y creyó oportuno mitigar un poco su pesar con algunas palabras de simpatía.
-En verdad lamento mucho el percance que le ha sucedido. ¿No quiere usted tomar un poco de rapé? Disipa los dolores de cabeza y los disgustos. Incluso va bien para las hemorroides.
Con estas palabras, el empleado presentó a Kovaliov su tabaquera escamoteando con bastante agilidad la tapa que representaba a una señora con sombrero.
Esta acción impremeditada sacó de sus casillas a Kovaliov.
-No comprendo cómo se le ocurren esas bromas -dijo irritado-. ¿No está viendo que me falta, precisamente, lo necesario para aspirar el rapé? ¡Al diablo con su tabaco! Ahora no puedo ni verlo, aunque me lo ofreciera de la mejor marca y no esa porquería que fabrica Berezin.
Dicho lo cual, salió profundamente contrariado de la oficina de publicidad para dirigirse a casa del comisario de policía; hombre muy aficionado al azúcar. En el recibimiento, que hacía las veces de comedor, había gran cantidad de pilones de azúcar, amistosa ofrenda de los comerciantes. La sirvienta estaba quitándole al comisario las botas altas de reglamento; la espada y demás atributos guerreros pendían ya pacíficamente en sus rincones; el imponente tricornio había pasado a manos del hijo del comisario, un niño de tres años, y el propio comisario se disponía, después del batallar cotidiano, a gozar de una calma deliciosa.
Kovaliov se presentó cuando el comisario decía, entre un desperezo y un resoplido: «¡Vaya dos horitas de siesta que me voy a echar!» De lo cual podía colegirse que la llegada del mayor era totalmente intempestiva. Y no creo que le hubiera recibido con excesiva afabilidad aun trayéndole en ese momento unas libras de té o una pieza de paño. El comisario era gran amante de todas las artes y los productos manufacturados, aunque por encima de todo prefería los billetes de banco. «Esto sí que es bueno -solía decir-. No hay nada mejor. No piden de comer, ocupan tan poco sitio que siempre caben en el bolsillo y si se caen, no se rompen.»
El comisario dispensó a Kovaliov una acogida bastante fría y dijo que después de comer no era el momento de realizar investigaciones, que era mandato de la propia naturaleza descansar un poco después de alimentarse suficientemente (de lo cual pudo deducir el asesor colegiado que el comisario no ignoraba las sentencias de los sabios de la Antigüedad), que a ninguna persona de orden le arrancan la nariz y que anda por el mundo buen número de mayores de toda calaña que ni siquiera tienen ropa interior decente y frecuentan lugares poco recomendables.
Lo que se llama un buen revolcón. Preciso es señalar que Kovaliov era un hombre sumamente susceptible. Podía perdonar cuanto dijeran de su persona, pero de ningún modo lo que se refiriese a su categoría o a su título. Incluso opinaba que en las obras de teatro se podía pasar por alto todo lo relativo a los oficiales subalternos, pero que de ahí para arriba era inadmisible cualquier ataque. El recibimiento dispensado por el comisario lo ofuscó tanto que sacudió la cabeza y dijo muy digno, abriendo un poco los brazos: «Confieso que, después de observaciones tan afrentosas por su parte, yo no puedo añadir nada…», y se retiró.
Llegó a su casa tan cansado que casi no podía tenerse. Había caído la tarde. Después de tantas gestiones infructuosas, su domicilio le pareció tristón y de lo más repugnante. Cuando entró en el recibimiento descubrió a Iván, su criado, tumbado de espaldas en un mugriento sofá de cuero y dedicado a escupir al techo con tanta puntería que muchas veces acertaba en el mismo sitio. Indignado ante tal indiferencia, Kovaliov le pegó un sombrerazo en la frente rezongando: «Tú siempre haciendo estupideces, ¡cerdo!».
Iván se levantó de un brinco y corrió a quitarle la capa.
Al entrar en su cuarto, el mayor se dejó caer cansado y abatido en un sillón y al fin dijo, después de unos cuantos suspiros:
-¡Dios mío! ¡Dios mío!, ¿qué habré hecho yo para merecer este castigo? Si me hubiera quedado sin un brazo, o sin una pierna, habría sido preferible; incluso sin orejas, aunque estaría mal, aún podría pasar. Pero, ¿qué diablos es un hombre sin nariz? No es un pajarraco ni es un ciudadano honrado. Nada; una cosa que se puede tirar sencillamente por la ventana. Y bueno que el percance hubiera ocurrido en la guerra o en un duelo o por culpa mía. Pero, ¡es que mi nariz ha desaparecido sin más ni más, tontamente!… Aunque, no; no puede ser -añadió después de pensarlo un poco-. Es inconcebible que desaparezca una nariz: de todo punto inconcebible. O estoy soñando, o es una figuración; seguro. O quizá me haya bebido por equivocación, en vez de agua, el vodka de friccionarme la cara después del afeitado. El estúpido de Iván no lo volvería a su sitio, y yo me lo bebí.
Para convencerse de que, efectivamente, no estaba borracho, el mayor se pegó tal pellizco que no pudo reprimir un grito. Aquel dolor lo persuadió de que era realidad todo lo que hacía y lo que le pasaba. Se acercó sigilosamente al espejo, y primero cerró los ojos con la esperanza de que quizá apareciera la nariz en su sitio cuando los abriera, pero al instante pegó un respingo y retrocedió exclamando:
-¡Qué asco de cara!
En efecto, aquello era incomprensible. Si se hubiera perdido un botón, una cuchara de plata, un reloj o cosa por el estilo… Pero, ¡perderse aquello! Y dentro de casa, además… Sopesando todas las circunstancias, el mayor consideró como más probable la hipótesis de que el culpable sólo podía ser la señora Podtóchina, esposa de un oficial de Estado Mayor, que pretendía casar a su hija con Kovaliov. Y él, aunque le agradaba cortejarla, eludió un compromiso definitivo. De manera que cuando la señora Podtóchina le declaró sin ambages que deseaba dársela en matrimonio, él recogió velas poco a poco en sus asiduidades, alegando que todavía era joven y que aún necesitaba hacer méritos en su carrera unos cinco años para cumplir los cuarenta y dos. Y entonces, seguramente por venganza, la señora Podtóchina urdió aquello de desfigurarle, pagando a cualquier bruja agorera, pues no podía admitirse en modo alguno que la nariz hubiera sido cercenada: nadie había entrado en su habitación. Iván Yákovlevich, el barbero, lo afeitó el miércoles, y Kovaliov conservó su nariz íntegra durante todo el miércoles e incluso el jueves a lo largo de todo el día. Eso lo recordaba y lo sabía muy bien. Además, hubiera notado dolor y, desde luego, la herida no habría podido cicatrizarse tan pronto y quedar lisa como la palma de la mano. Se puso a cavilar en si debía denunciar en toda regla a la señora Podtóchina ante los tribunales o personarse él en su casa y echarle en cara su acción. Vino a interrumpir sus reflexiones un destello de luz que penetró por todas las rendijas de la puerta y era indicio de que Iván había encendido ya una vela en el recibimiento. Enseguida apareció el propio Iván con ella, iluminando la estancia. El primer movimiento de Kovaliov fue echar mano de un pañuelo y cubrirse el lugar que su nariz ocupaba todavía la víspera para que aquel estúpido no se quedara con la boca abierta ante un hecho tan insólito en su señor.
Apenas se había retirado Iván a su cuchitril cuando una voz desconocida se dejó oír en el recibimiento:
-¿Vive aquí el asesor colegiado Kovaliov?
-Adelante. Aquí está el mayor Kovaliov -contestó él mismo, levantándose precipitadamente para abrir la puerta.
Entró un guardia de buena prestancia, con patillas no muy claras ni tampoco oscuras y mejillas bastante llenas: el mismo que al comienzo de nuestro relato vimos en un extremo del puente Isákievski.
-¿Es usted el caballero que ha perdido la nariz?
-En efecto.
-Pues ha aparecido.
-¿Qué me dice usted? -lanzó un grito el mayor Kovaliov, y se quedó sin habla de la alegría, mirando fijamente al guardia plantado delante de él, en cuyos mofletes y labios abultados se reflejaba la trémula luz de la vela-. ¿Cómo ha sucedido?
-Por pura casualidad. Le echamos mano cuando casi estaba en camino: iba a tomar ya la diligencia para marcharse a Riga. Y el pasaporte había sido extendido hace ya tiempo a nombre de cierto funcionario. Lo extraño es que, al principio, yo mismo lo tomé por un caballero. Afortunadamente llevaba las gafas, y enseguida me di cuenta de que se trataba de una nariz. Porque le diré que yo soy miope y, si se coloca usted delante de mí, yo sólo veo su cara, pero sin distinguir la nariz, la barba ni nada. Mi suegra, es decir, la madre de mi esposa, tampoco ve nada.
Kovaliov estaba como loco.
-¿Dónde está? ¿Dónde? Voy corriendo…
-No tiene usía por qué molestarse. Suponiendo que le haría a usted falta, la traigo yo. Y, ya ve usted qué raro: el autor principal del hecho es un pícaro barbero de la calle Voznesénskaia que ahora está detenido en el cuartelillo. Hace ya tiempo que yo andaba tras él por borracho y ratero. Anteayer, sin ir más lejos, robó una docena de botones en una tienda. En cuanto a la nariz de usía, está exactamente igual que estaba.
Con estas palabras, el guardia metió la mano en un bolsillo, de donde extrajo la nariz envuelta en un papel.
-¡Ésa es! ¡Sí, sí! -gritó Kovaliov-. Hoy tiene usted que quedarse a tomar una taza de té conmigo.
-Aceptaría con sumo gusto, pero no puedo de ninguna manera: desde aquí tengo que acercarme al manicomio. Han subido mucho los precios de todas las subsistencias… Yo debo mantener a mi suegra, la madre de mi esposa, que vive con nosotros, y a mis hijos. El mayor, sobre todo, es un chico listo, que promete mucho, pero carezco totalmente de posibilidades para darle estudios…
Kovaliov se dio por enterado y, tomando de encima de la mesa un billete de diez rublos, lo puso en manos del guardia que abandonó la estancia después de pegar un taconazo y cuya voz oyó Kovaliov casi al instante en la calle aleccionando, con acompañamiento de puñetazos, a un estúpido mujik que se había metido en la acera con su carreta.
Después de marcharse el guardia, permaneció el asesor colegiado unos minutos como aturdido y sólo al cabo de ese tiempo, tal era el desconcierto que le produjo la inesperada alegría, recobró la capacidad de ver y sentir. Tomó con precaución la nariz en el cuenco formado por las dos manos y volvió a observarla atentamente.
-Es ella, claro que sí -decía el mayor Kovaliov-. Aquí está, en el lado izquierdo, el granito que le salió ayer.
El mayor estuvo a punto de soltar la risa de alegría.
Pero no hay nada eterno en el mundo. Por eso, la alegría del primer instante no es ya tan viva a los dos minutos, al tercero se debilita más aún y al fin se diluye inadvertidamente con el estado de ánimo habitual, lo mismo que el círculo formado en el agua por la caída de una piedra acaba diluyéndose en la superficie lisa. Kovaliov se puso a cavilar y sacó en claro que todavía no estaba todo terminado: la nariz había aparecido, sí; pero faltaba ponerla y ajustarla en su sitio.
-¿Y si no se pega?
El mayor se quedó lívido al hacerse esta pregunta.
Presa de un miedo indescriptible corrió a la mesa y acercó el espejo, no fuera a colocarse la nariz torcida. Le temblaban las manos. Con cuidado y mucho tiento aplicó la nariz en el lugar de antes. ¡Qué espanto! La nariz no se pegaba… La acercó a su boca, le echó el aliento para calentarla y de nuevo la aplicó a la superficie lisa que se extendía entre sus mejillas; la nariz no se sujetaba de ninguna manera.
-¡Vamos! Pero, ¡vamos! ¡Quédate ahí! -le decía.
Pero la nariz parecía de madera y caía sobre la mesa con un ruido extraño, como si fuera un corcho. Una mueca contrajo el rostro del mayor. «¿Será posible que no se pegue?», se preguntaba asustado. Pero, por muchas veces que colocó la nariz en el lugar adecuado, todos sus esfuerzos continuaron siendo estériles.
Llamó a Iván y lo mandó en busca del médico que vivía en el entresuelo de la misma casa, ocupando el mejor piso. Aquel médico era hombre de gran prestancia, que poseía unas magníficas patillas negras, y una esposa lozana; rebosante de salud, se desayunaba con manzanas y cuidaba esmeradamente el aseo de su boca, enjuagándose cada mañana durante casi tres cuartos de hora y puliéndose los dientes con cinco cepillos distintos. El doctor acudió al instante. Después de inquirir el tiempo transcurrido desde el percance, levantó la cara de Kovaliov agarrándolo por la barbilla y le pegó tal papirotazo en el lugar antes ocupado por la nariz que el mayor echó violentamente la cabeza hacia atrás hasta pegar con la nuca en la pared. El médico dijo que aquello no era nada, lo invitó a apartarse un poco de la pared, le hizo volver la cabeza hacia la derecha y, después de palpar el sitio donde antes se encontraba la nariz, dijo «ummm». Luego le mandó volver la cabeza hacia el lado izquierdo, profirió otra vez «ummm» y, finalmente, le pegó con el pulgar otro papirotazo que hizo respingar al mayor Kovaliov lo mismo que un caballo cuando le miran los dientes. Después de esta prueba, el médico sacudió la cabeza diciendo:
-No. No puede ser. Preferible es dejarlo así, porque podría quedar peor. Arreglo tiene, desde luego, y yo mismo se la pondría quizá ahora mismo. Pero le aseguro que sería peor para usted.
-¡Ésta sí que es buena! ¿Cómo voy a quedarme sin nariz? -protestó Kovaliov-. Peor que ahora, imposible. ¿Qué demonios es esto? ¿Dónde me presento yo con esta facha? Yo tengo muy buenas relaciones. Hoy mismo debo asistir a dos veladas. Conozco a mucha gente: la señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado, la señora Podtóchina, casada con un oficial del Estado Mayor… Aunque, después de su actual comportamiento, mi único trato con ella puede ser a través de la policía. Por favor se lo ruego -prosiguió Kovaliov suplicante-. ¿No hay ningún remedio? Póngamela como sea, aunque no quede bien, con tal de que se sostenga. Incluso podría sujetarla un poco con la mano en los casos de apuro. Además, como no bailo, tampoco es de temer ningún movimiento brusco que la perjudique. Y en lo referente a agradecerle su visita, tenga por seguro que, en la medida de mis posibilidades…
-Crea usted -intervino el doctor en un tono que no era ni alto ni bajo, pero sí sumamente persuasivo y magnético- que yo nunca ejerzo por el dinero. Eso sería contrario a mis normas y a mi arte. Cierto que cobro mis visitas, pero con el único fin de no agraviar a nadie al negarme. Desde luego, yo podría ajustar su nariz. Sin embargo, y lo afirmo por mi honor, si mi palabra no le basta, quedaría mucho peor. Deje actuar a la naturaleza. Las frecuentes abluciones frías lo mantendrán a usted, aun sin nariz, tan sano como si la tuviera, se lo aseguro. En cuanto a la nariz, le aconsejo que la meta en un frasco de alcohol o, mejor todavía, añadiendo una solución de dos cucharadas de vodka fuerte y vinagre caliente. Entonces podrá sacar por ella una cantidad respetable. Yo mismo se la compraría si no se excede en el precio.
-¡No, no! No la vendería por nada del mundo -protestó el mayor desesperado-. ¡Prefiero que desaparezca!
-Perdone usted, pero yo quería hacerle un favor -replicó el médico saludando-. ¡En fin! Por lo menos, habrá usted visto mi buena intención.
Con estas palabras, el médico abandonó muy dignamente la estancia. Kovaliov no se había fijado siquiera en su rostro, ya que, en su profundo abatimiento, sólo acertó a ver los puños de la camisa pulcra y blanca como la nieve asomando por las mangas del frac negro.
Al día siguiente, y antes de presentar querella, se decidió a escribir a la señora del oficial de Estado Mayor para ver si accedía a devolverle de buen grado lo que era suyo. La carta decía lo siguiente:
«Muy señora mía, Alexandra Grigórievna:
»No alcanzo a comprender tan extraño proceder por parte suya. Tenga la seguridad de que, obrando de este modo, no ganará usted nada ni me obligará en modo alguno a casarme con su hija. Crea usted que me hallo perfectamente enterado de la historia de mi nariz como también de que usted y nadie más que usted ha sido la principal causante de ella. El súbito desprendimiento, la fuga y el disfraz de mi apéndice nasal, apareciendo primero bajo el aspecto de un funcionario y luego con el suyo propio, no son ni más ni menos que consecuencia de las hechicerías practicadas por usted o por quienes se ejercitan en menesteres tan nobles como los suyos. Por mi parte, considero deber mío advertirle que si el susodicho apéndice no se reintegra hoy mismo a su sitio, me veré en la obligación de apelar a la defensa y la protección de las leyes.
»Por lo demás, con todos mis respetos, tengo el honor de quedar de usted, seguro servidor
Platón Kovaliov.»
«Muy señor mío, Platón Kuzmich:
«Su carta me ha dejado sumamente sorprendida. Le confieso a usted con toda sinceridad que nunca esperé nada parecido y menos aún lo referente a los injustos reproches de usted. Pongo en su conocimiento que jamás he recibido en mi casa, ni con disfraz ni bajo su aspecto propio, al funcionario a quien usted alude. No niego que me ha visitado Filipp Ivánovich Potánchikov. Pero, aunque él aspiraba, es cierto, a la mano de mi hija -y tratándose de una persona de conducta buena y sobria, así como de muchos estudios-, yo nunca le he dado la menor esperanza. También menciona usted la nariz. Si con ello quiere dar a entender que yo me proponía dejarle con tres cuartas de narices, o sea, darle una negativa rotunda, me sorprende que sea usted quien lo diga, sabiendo como sabe que mi intención es muy otra y que si usted se compromete ahora mismo y en debida forma con mi hija, yo estoy dispuesta a acceder sin dilación, pues tal ha sido siempre el objeto de mis más fervientes deseos, en espera de lo cual quedo siempre al servicio de usted
Alexandra Podtóchina.»
«No, seguro que no ha sido ella -se dijo Kovaliov después de leer la misiva-. ¡Imposible! En la forma que está escrita la carta, no puede ser obra de quien haya cometido un delito. -El asesor colegiado era hombre entendido en la materia; pues, hallándose todavía en la región del Cáucaso, había sido encargado varias veces de instruir sumario-. ¿Cómo ha podido suceder esto? ¿De qué manera? Sólo el demonio lo entendería», concluyó desalentado.
Entretanto, corrían ya por toda la capital los rumores acerca de tan extraordinario suceso, adornado con toda clase de exageraciones, como suele ocurrir. Precisamente por entonces se hallaban las mentes orientadas hacia lo sobrenatural, pues hacía poco tiempo que a todos intrigaban los experimentos sobre los efectos del magnetismo. Además, como la historia de las sillas danzantes de la calle Koniúshennaia era todavía reciente, nada tiene de particular que al poco tiempo se empezara a comentar que la nariz del asesor colegiado solía pasearse a las tres en punto de la tarde por la Avenida Nevski. Y a diario acudía allí una multitud de curiosos. Alguien anunció que la nariz se encontraba en la tienda de Junker, y frente al establecimiento se formó tal aglomeración que hubo de intervenir la policía. Un especulador con aspecto respetable, que usaba patillas y solía vender pastas variadas a la puerta del teatro, fabricó especialmente unos magníficos y sólidos bancos de madera que alquilaba, a razón de ochenta kopecs por persona, a cuantos curiosos deseaban subirse en ellos para ver mejor. Un benemérito coronel salió de su casa con ese único fin antes que de costumbre y a duras penas logró abrirse paso entre el gentío; pero, cuál no sería su indignación al ver en el escaparate de la tienda, en lugar de la nariz, una simple camiseta de lana y una litografía representando a una jovencita que se subía una media mientras un petimetre con chaleco de solapas y barbita la espiaba desde detrás de un árbol. Dicha litografía llevaba ya más de diez años colgada en el mismo sitio. Al retirarse, el coronel dijo contrariado: «¿Cómo se puede soliviantar a la gente con bulos tan estúpidos e inverosímiles?»
Luego cundió la especie de que no era por la Avenida Nevski sino por el jardín de Taurida por donde se paseaba la nariz del mayor Kovaliov y eso, desde hacía ya mucho tiempo. Tanto, que cuando Jozrev-Mirza se alojó allí, le sorprendió sobremanera aquel extraño capricho de la naturaleza.
Allá fueron algunos estudiantes de la Academia de Cirugía. Una ilustre y noble dama rogó al vigilante del jardín, por carta especial, que mostrara a sus hijos el raro fenómeno y, a ser posible, se lo explicara de modo instructivo y a la vez edificante para ellos.
Todos estos hechos fueron acogidos con gran regocijo por los caballeros asiduos de las veladas de sociedad y aficionados a distraer a las señoras con curiosas historias, cuyo repertorio se encontraba por entonces agotado. Una minoría de respetables personas de orden estaba sumamente descontenta. Un señor decía, muy sulfurado, que no comprendía cómo era posible que se propalaran absurdos infundios en nuestro siglo ilustrado y que le sorprendía que el gobierno no prestara atención al hecho. Al parecer, ese señor era de los que quisieran complicar al gobierno en todo; incluso en las trifulcas cotidianas que tiene con su esposa. Luego… Pero, a partir de aquí, de nuevo queda el suceso totalmente envuelto en brumas y no se sabe nada en absoluto de lo acaecido después.
III
En el mundo ocurren verdaderos disparates. A veces, sin la menor verosimilitud; súbitamente, la misma nariz que andaba de un lado para otro con uniforme de consejero de Estado y que tanto alboroto había armado en la ciudad volvió a encontrarse como si tal cosa en su sitio, es decir, exactamente entre las dos mejillas del mayor Kovaliov. Esto sucedió ya en el mes de abril, el día 7. Al despertarse y lanzar una mirada fortuita al espejo, descubrió el mayor que allí estaba la nariz. Echó mano de ella, y allí estaba, sí! «¡Al fin!», exclamó Kovaliov y, de la alegría, estuvo a punto de ponerse a bailar, tal y como estaba, descalzo, por toda la habitación; pero la entrada de Iván se lo impidió. Enseguida pidió agua para lavarse y, mientras se aseaba, lanzó otra mirada al espejo. ¡Allí estaba la nariz! Cuando se secaba con la toalla, miró una vez más: ¡allí estaba la nariz!
-Mira a ver, Iván: parece como si tuviera un granito en la nariz -dijo al tiempo que pensaba-: «Menudo disgusto si Iván me dice ahora: Pues no, señor; no veo ningún grano ni tampoco veo la nariz.»
Pero Iván contestó:
-No; no hay ningún grano. No tiene nada en la nariz.
«Esto ya está bien, ¡qué demonios!», se dijo el mayor chascando los dedos. En ese momento asomó por la puerta el barbero Iván Yákovlevich, pero con tanto temor como un gato al que acaban de atizar por robar tocino.
-Lo primero que debes decirme es si traes las manos limpias -lo interpeló ya desde lejos Kovaliov.
-Sí. Claro que están limpias.
-¡Mentira!
-Le juro que están limpias, señor.
-Bueno. Ya veremos.
Kovaliov se sentó. Iván Yákovlevich le puso el paño y, con la brocha, convirtió su barba y parte de las mejillas en algo parecido a la crema que se suele servir en los convites onomásticos de los comerciantes.
«¡Bueno!… -exclamó Iván Yákovlevich para sus adentros contemplando la nariz, y luego torció la cabeza hacia el lado opuesto para verla de perfil-. ¡Mírenla ustedes!… ¡Ahí está! Aunque la verdad es que, si se para uno a pensar…», agregó, y estuvo mirando todavía un buen rato la nariz. Finalmente, con toda la delicadeza y todo el esmero que se puede uno imaginar, levantó dos dedos para sujetarla por la punta, pues tal era el sistema de Iván Yákovlevich.
-¡Eh, eh, tú! ¡Cuidado! -gritó Kovaliov.
Más aturdido y confuso todavía, Iván Yákovlevich retiró la mano. Al fin comenzó a pasar la navaja por debajo del mentón y, aunque le resultaba muy incómodo y difícil rapar sin tener sujeto el órgano del olfato, logró vencer todos los obstáculos y terminar de afeitar ingeniándoselas para atirantar la piel con su áspero dedo pulgar apoyado unas veces en la mejilla y otras veces en la mandíbula inferior del mayor.
Cuando todo estuvo listo, Kovaliov se apresuró a vestirse inmediatamente, tomó un coche de punto y se fue derechito a una pastelería. Nada más entrar, gritó desde lejos: «¡Un chocolate, muchacho!» y al instante se dirigió hacia un espejo. ¡Tenía la nariz! Dio media vuelta lleno de alegría y contempló con aire sarcástico, entornando un poco los párpados, a dos militares: la nariz de uno de ellos tenía apenas el tamaño de un botón de chaleco. Luego se dirigió a las oficinas del Departamento donde estaba gestionando un puesto de vicegobernador o de ejecutor, en su defecto. Al cruzar la antesala, se miró a un espejo: ¡allá estaba la nariz! Más tarde fue a visitar a otro asesor colegiado -o mayor, si se quiere-, gran amigo de chanzas, a cuyas mordaces observaciones solía contestar Kovaliov: «¡Demasiado te conozco a ti. Eres un criticón!» Durante el trayecto, iba pensando: «Si el mayor no revienta de risa al verme, seguro es que cada cosa está en su sitio.» Pero el asesor colegiado se quedó tan campante. «Perfecto, perfecto, ¡qué demonios!», se dijo Kovaliov. Después se encontró con la señora Podtóchina, esposa de un oficial de Estado Mayor, y su hija. Las saludó y fue acogido con exclamaciones de júbilo: por tanto, no se advertía en él ningún defecto. Conversó con ellas un buen rato y, sacando adrede la tabaquera, se complació largamente delante de ellas en atascar su nariz de rapé por ambos conductos, mascullando para sus adentros: «Así, para que se enteren, cabezas de chorlitos. Y con la hija no me caso, desde luego. Así por las buenas, par amour, ¡ni pensarlo!» A partir de entonces, el mayor Kovaliov volvió a pasearse como si tal cosa por la Avenida Nevski, a frecuentar los teatros y acudir a todas partes. Y también su nariz campaba en medio de su rostro como si tal cosa, sin aparentar siquiera que hubiera faltado nunca de allí. Después de todo esto pudo verse al mayor Kovaliov siempre de buen humor, sonriente, rondando absolutamente a todas las mujeres bonitas e incluso detenido una vez delante de una tienda de Gostínni Dvor para comprar el pasador de una condecoración, si bien por motivos desconocidos, ya que él no era caballero de ninguna orden.
¡Ahí tienen ustedes lo sucedido en la capital norteña de nuestro vasto imperio! Y únicamente ahora, atando cabos, vemos que la historia tiene mucho de inverosímil. Sin hablar ya de que resulta verdaderamente extraña la separación sobrenatural de la nariz y su aparición en distintos lugares bajo el aspecto de consejero de Estado. ¿Cómo no se le ocurrió pensar a Kovaliov que no se podía anunciar el caso de su nariz en los periódicos a través de la Oficina de Publicidad? Y no lo digo en el sentido de que me parezca excesivo el precio del anuncio: es una nadería y yo estoy lejos de ser una persona roñosa. ¡Pero, es que resulta desplazado, violento, feo! Y otra cosa: ¿cómo fue a parar la nariz al interior de un panecillo y cómo es que Iván Yákovlevich…? Nada, nada, que no lo entiendo. ¡No lo entiendo de ninguna manera! Pero lo más chocante, lo más incomprensible de todo es que los autores sean capaces de elegir semejantes temas. Confieso que esto es totalmente inconcebible, es como si… ¡Nada, nada, que no lo entiendo! En primer lugar, que no le da ningún provecho a la patria; en segundo lugar… Bueno, pues, en segundo lugar, tampoco le da provecho. No sé lo que es esto, sencillamente…
Aunque, sin embargo, con todo y con ello, si bien, naturalmente, se puede admitir esto y lo otro y lo de más allá, es posible incluso… Porque, claro ¿dónde no suceden cosas absurdas? Y es que, no obstante, si nos paramos a pensar, seguro que hay algo en todo esto. Se diga lo que se diga, sucesos por el estilo ocurren en el mundo. Pocas veces, pero ocurren.

Friday, September 09, 2016

Cuento de la semana: El mensaje de Marte, de J. G. Ballard

El británico J. G. Ballard, uno de los más importantes autores de la nueva ola de la ciencia ficción británica (que nos trajo también al genial Michael Moorcock), es un claro ejemplo del alcance de la ciencia ficción más allá de la descripción de avances tecnológicos y cómo el género puede quebarse a sí mismo planteando nuevas y más interesantes interrogantes. "El mensaje de Marte" es un cuento que a primera vista parecería un reproche al inicuo avance de la carrera espacial, pero su escritura es de una repercusión mucho más amplia, y al final de su lectura, las interpretaciones se disparan en múltiples vectores.






La portada de la edición de RBA es un gusto que casí haría olvidar su atroz precio.


----------------------Desgraciadamente, no encontré una versión extraíble del texto, así que remitiré a este pdf que deambula libremente por internet------------------------------------------:




http://ep00.epimg.net/descargables/2013/12/05/c0b1fd1f917a3c2e670e7599de212c84.pdf?rel=mas

Friday, September 02, 2016

Cuento de la semana: La calle de los cocodrilos, de Bruno Schulz


Una edición polaca de "Las tiendas de color canela", el primer libro de Schulz. 
Mi padre conservaba en el cajón inferior de su amplio escritorio un hermoso plano antiguo de nuestra ciudad. Era en realidad todo un volumen en folio, de pergaminos que, unidos por medio de cintas, formaban un inmenso mapa mural que representaba un panorama a vuelo de pájaro.
Fijado a la pared, a la que cubría casi por entero, dejaba ver todo el valle del Tysmienica, que serpenteaba como una cinta pálida y dorada, el conjunto de los grandes lagos y pantanos y los últimos contrafuertes de las montañas, cuyas ondulaciones huían hacia el Sur, primero raras y distantes, luego reunidas en cadenas cada vez más numerosas, en un damero de colinas redondeadas que se hacían más pequeñas y más pálidas a medida que se acercaban al horizonte dorado y brumoso. Bajo esas periferias empañadas y lejanas se destacaba la ciudad, que avanzaba hacia el borde del mapa. Al principio bajo la forma de masas aún indiferenciadas, compacta mezcla de casas cruzadas por los arroyos profundos de las calles; más cerca se dividía en inmuebles individualizados, que habían sido dibujados con la misma procesión con que se verían a través de unos prismáticos.
En esta parte, el artista había logrado fijar la profusión tumultuosa de las calles y callejuelas, el diseño de las cornisas, arquitrabes, arquivoltas y pilastras que brillaban en el oro sombrío de un crepúsculo que hundía a los nichos y hoquedades en una sombra color ocre. Esos espectros de sombra se extendían como rayos de miel, por las arterias de la ciudad. Bañaban con su masa tibia y opulenta aquí la mitad de una calle, allá un espacio entre dos casas, y orquestaban, en un clarobscuro triste y romántico, la polimorfía arquitectónica del conjunto.
Ahora bien, sobre este plano, dibujado en el estilo de los prospectos barrocos, los alrededores de la calle de los Cocodrilos formaban una mancha blanca comparable a la que, en los tratados de geografía, señala a las regiones polares o los países inciertos o inexplorados. Sólo algunas calles estaban indicadas allí con líneas negras, con sus nombres trazados en escritura corriente, mientras que las otras leyendas se distinguían por la nobleza de sus caracteres góticos. Era evidente que el cartógrafo se había negado a reconocer esta zona como parte legítima de la ciudad y había manifestado su oposición por medio de ese tratamiento superficial.
Para comprender su reserva, debemos describir aquí la naturaleza particular de este barrio equívoco. Era un distrito comercial e industrial de muy marcado carácter utilitarista. El espíritu de la época y los mecanismos económicos no habían perdonado a nuestra ciudad y se habían enraizado en su periferia, donde habían dado nacimiento a ese suburbio parásito. Mientras que en la ciudad vieja reinaba aún un comercio nocturno, semiclandestino y ceremonioso, aquí, en este barrio joven habían florecido toda clase de métodos comerciales sobrios y modernos. Injertado en este suelo agotado, cierto americanismo exuberante había producido un estilo soso e incoloro, de una Vulgaridad presuntuosa. Se veían allí miserables edificios de fachada caricaturesca, embozados en monstruosos ornamentos de estuco que se desmoronaban fácilmente. A las viejas barracas suburbanas se habían agregado apresuradamente portales cerrados que, si se los miraba de cerca, no eran más que una lamentable imitación del estilo de moda. Las vidrieras sucias sobre las cuales se quebraba en reflejos ondulados la imagen de la calle, la madera rugosa de los portales, el tono gris uniforme de esos interiores estériles en los que las altas estanterías y los muros agrietados se cubrían de telas de araña y de capas de polvo, todo eso daba a los negocios del barrio el sello de un nuevo Klondyke. Así se alineaban una al lado de otra, los tenduchos de los sastres de confección, los depósitos de porcelanas, las droguerías, las peluquerías. En los grandes vidrios grisáceos de sus frentes estaban pintadas oblicuamente o en semicírculo, inscripciones en letras doradas: CONFITERÍA, MANICURA, KING OF ENGLAND.
Los viejos habitantes de la ciudad se mantenían apartados de esta zona, ocupada por un populacho sin carácter ni cohesión, una verdadera pacotilla moral, una categoría inferior del ser humano que, por sí mismos y ellos solos, engendraban tales ambientes dudosos y efímeros. Pero en los días de abatimiento, en las horas de debilidad, podía ocurrírsele a un ciudadano echar a andar por esa zona equívoca. Ni siquiera los mejores escapaban a la tentación de degradarse alguna vez, de borrar las jerarquías, de hundirse en ese cenagal de fácil promiscuidad. Ese barrio era un Eldorado para esos desertores que renunciaban a su dignidad. Todo allí parecía sospechoso y dudoso; todo, por medio de guiñadas discretas, gestos cínicos y miradas furtivas, excitaba a la concupiscencia impura; todo tendía a desencadenar los bajos instintos.
Un transeúnte desprevenido difícilmente descubriría la extraña peculiaridad de estos lugares, donde los colores estaban ausentes, como en esta aglomeración mediocre y apresurada nadie pudiera permitirse ese lujo. Todo era gris, como en un folleto ilustrado o en las fotos en blanco y negro. Esta semejanza iba más allá de la simple metáfora pues, por momentos, si uno paseaba por esas calles, tenía la impresión de hojear un insípido prospecto en el que, por inadvertencia, se hubieran deslizado proposiciones equívocas, notas escabrosas, ilustraciones parásitas. Esos paseos se revelaban tan estériles como los desbordes de una imaginación que se arrastra entre las ilustraciones y los textos de una publicación pornográfica.
Si uno entraba, por ejemplo, en la tienda de un sastre, para encargar un traje de dudosa elegancia, a tono con las características del lugar, se encontraba en un local vasto y vacío, de techo elevado e incoloro, hasta el cual se elevaban las grandes estanterías. Ese andamiaje de estantes vacíos conducía nuestra mirada hacia las alturas, hacia ese techo que podía ser también un cielo, un cielo mediocre y mustio como los de ese barrio. Pero, por otra parte, las demás piezas, que es posible ver por la puerta entreabierta, están llenas hasta el tope de cajas y cartones, superpuestos como en un inmenso fichero que, allá arriba junto al vago firmamento del techo, concluye en una geometría del vacío, una construcción estéril de la nada. La luz diurna no atraviesa esas ventanas grises de múltiples vidrios cuadriculados como las hojas de los cuadernos escolares, porque todo el espacio del negocio está embebido en una luz indecisa e indiferente que no proyecta sombra ni subraya los relieves.
Y ahora se nos aparece un joven extremadamente servicial, esbelto y ágil, dispuesto a satisfacer todos nuestros deseos y a aplastarnos bajo su fácil elocuencia de hortera. Sin dejar de parlotear, despliega largas piezas de tela, mide, alisa las arrugas y da forma a la onda infinita que corre entre sus manos, armando capotes o pantalones imaginarios. Todas esas manipulaciones solo parecen una simulación, una comedia, una máscara irónica que oculta el sentido verdadero de su actividad.
Las vendedoras son morenas y esbeltas, pero la belleza de cada una de ellas tiene un pequeño deterioro, muy característico de ese barrio de mala vida. Van y vienen por la tienda, o se apostan en la puerta, vigilando si la operación comercial confiada al experto dependiente está llegando a concretarse. El joven hace toda clase de ceremonias y melindres; por momentos da la impresión de ser una mujer vestida de hombre. Uno desearía acariciar su mentón o pellizcar sus mejillas, cuando, esbozando una mirada cómplice, atrae discretamente nuestra atención sobre la etiqueta de su mercadería, de transparente simbolismo.
Poco a poco la cuestión de la elección de una tela queda relegada a un segundo plano. Ese joven corrompido y casi afeminado, lleno de comprensión por los caprichos más íntimos del cliente, exhibe ante los ojos de éste etiquetas muy particulares, toda una colección de marcas registradas, la colección de un amateur refinado. Entonces descubrimos que la sastrería no era más que una fachada que disimulaba el gabinete de un librero, repleto de libros de tiraje reducido y escritos de carácter licencioso. El joven diligente nos muestra reservas de libros, grabados y fotografías que se apilan hasta el techo. Las viñetas y las estampas superan nuestros sueños más osados: nunca hubiéramos imaginado tales abismos de depravación, una desvergüenza tan refinada.
Las vendedoras, grises, color de papel, pasan y vuelven a pasar, ahora con mayor frecuencia, entre las pilas de libros. Sus rostros ya corrompidos tienen ese pigmento graso de las morenas que, agazapado en el fondo de sus ojos, se lanza a veces a una carrera enloquecida de cucaracha. En las manchas de rubor que colorean sus mejillas, en sus lunares picarescos, en el impudor de su vello, se trasluce el ardor de su sangre negra. Los libros, que ellas toman con sus dedos oliváceos, parecen conservar manchas de esa sangre: sus colorantes muy intensos, al desteñirse sobre el papel, soltaban en el aire como una lluvia de pecas, un reguero obscuro y aromático, olor de café, de tabaco y de hongos venenosos.
Entretanto la licencia se generaliza. El dependiente, que ha agotado sus facultades de convicción, se ha reducido progresivamente a una femenina pasividad. Se ha tendido sobre uno de los numerosos divanes que se hallan entre las estanterías; un escote femenino entreabre su pijama de seda. Las vendedoras se muestran unas a otras las figuras y posiciones de las estampas; otras se adormecen sobre lechos improvisados. La presión sobre el cliente se debilita. Han dejado de importunarlo y lo dejan librado a sí mismo; entregadas a sus conversaciones, ya no le prestan ninguna atención. Sin embargo adoptan una actitud arrogante, colocándose de espaldas o de perfil, y juegan coquetamente con la punta de sus zapatos u ondulan sus cuerpos con flexibilidad de serpientes, provocando así con indolente irresponsabilidad al espectador que fingen ignorar. El huésped se siente así atraído, empujado por esa retirada estratégica que le deja si campo libre para actuar. Pero mejor será aprovechar ese instante de distracción para escapar a las imprevisibles consecuencias de nuestra inocente visita y salgamos a la calle.
Nadie nos retiene. Nos escabullimos entre corredores de libros, entre las largas estanterías de revistas e impresos; logramos abandonar el negocio y nos hallamos de nuevo en el punto más alto de la calle de los Cocodrilos, desde donde se puede observar todo su trazado, hasta las construcciones interrumpidas de la estación. La luz es grisácea, como siempre ocurre en estos parajes, y el paisaje recuerda una foto de vieja revista ilustrada, a tal punto son descoloridos y vulgares los vehículos, las casas y la gente. Esta realidad, delgada como el papel, denuncia por todas sus grietas su carácter ilusorio. A veces uno tiene la impresión de que esa esquinita que de pronto descubrimos ha sido arreglada especialmente para ofrecer la imagen de una avenida de una gran ciudad. Pero de inmediato esa mascarada improvisada se descompone: incapaz de sostener su ficción, se desmorona, y sólo queda un montón de argamasa, los escombros de un teatro inmenso y vacío recorrido a veces por los estremecimientos de una gravedad tensa y patética.
Lejos está de nosotros la intención de denostar este espectáculo. Aceptamos conscientemente que el encanto mezquino de este barrio nos seduce. Por otra parte, no está desprovisto de cierto carácter autoparódico. Las hileras de barracas suburbanas alternan con altos edificios que se diría hechos de cartón, un conglomerado de insignias, ciegas ventanas de oficinas, vidrieras opacas, chapas y anuncios. La multitud hormiguea al pie de esas casas. La calle es tan ancha como una avenida urbana, pero la calzada, a la manera de las plazuelas aldeanas, está hecha de arcilla apisonada, invadida de hierbas silvestres, llena de pozos y charcos. La circulación de los peatones es motivo de orgullo para los habitantes del barrio, y hablan de ella exhibiendo miradas de suficiencia. La multitud descolorida, anónima, está en sumo grado poseída de su papel y despliega todo el celo posible para contribuir a crear la impresión de una gran ciudad. Sin embargo, a pesar de su aspecto atareado y práctico, da la impresión de un cortejo somnoliento que circula monótonamente y sin objeto. Toda la escena está impregnada de una curiosa insignificancia. La multitud continúa errando en una ola monótona y, cosa extraña, se la distingue apenas vagamente. Las siluetas se deslizan en un tumulto suave y confuso, sin llegar a destacarse completamente recortadas. Sólo de vez en cuando puede uno aislar, en esa maraña, alguna mirada negra y viva, un sombrero muy calado, una mitad de rostro deformado por un rictus y cuyos labios acaban de entreabrirse, una pierna que ha dado un paso y queda endurecida para siempre en esa actitud.
Una de las particularidades del barrio son los coches de plaza sin conductor, que ruedan solos por las calles, y no porque falten cocheros, sino porque éstos, perdidos en la multitud y solicitados por otros asuntos, no se preocupan por sus coches. En esta esfera de la apariencia y del gesto vacío, no se preocupa uno demasiado por precisar el lugar de destino y los pasajeros se confían a esos vehículos errantes con la indolencia que se observa aquí en general. En ciertos cruces peligrosos se los ve, a veces, asomados fuera de sus vehículos desencajados y efectuar, no sin esfuerzo, riendas en mano, una maniobra complicada.
En el barrio hay también tranvías, que constituyen el más brillante de los triunfos para los concejales municipales. Pero el aspecto de esos coches de papel maché es lastimoso, con sus tabiques deformados por el paso del tiempo. A veces hasta les falta la delantera, de manera que se ve a los pasajeros sentados en el interior, rígidos y en actitud muy digna. Estos tranvías son empujados por mandaderos municipales.
Pero lo más sorprendente es el sistema ferroviario de la calle de los Cocodrilos. A veces, durante el fin de semana, a horas variables, se puede observar a una multitud que espera el tren en una parada. Ni la hora de llegada del tren, ni el lugar exacto donde habrá de detenerse son seguros y ocurre a veces que la gente forma dos filas de espera, pues no logran ponerse de acuerdo sobre el emplazamiento de la estación. Esperan mucho tiempo, formando un grupo sombrío y silencioso a lo largo de las vías trazadas vagamente. Vistos de perfil, sus rostros son como máscaras de papel que la expectativa recorta con líneas fantásticas.
Por fin el tren llega. Sale de una callecita, minúsculo, pegado a las vías, arrastrado por una locomotora jadeante. Ha entrado en ese corredor obscuro y la calle se ennegrece bajo el polvillo de carbón que esparcen los vagones. La respiración apagada de la locomotora, un soplo de extraña severidad y lleno de tristeza, el gentío y el enervamiento contenido transforman por un instante a la calle en un andén de estación, en medio del breve crepúsculo invernal.
El comercio de billetes de tren es, junto con la corrupción, la plaga de la ciudad. A último momento, cuando el tren se halla ya en la estación, tienen lugar las negociaciones con los empleados de la línea. Antes de que ellas concluyan, el tren se pone en marcha, acompasado por una multitud lenta y desencantada que lo sigue largo rato y luego se dispersa.
La calle, reducida por un momento a ser esa estación crepuscular, llena del aliento de las vías lejanas, se ilumina y se ensancha de nuevo para dejar paso a la multitud indolente y monótona, que vaga con su impreciso murmullo a lo largo de las vidrieras que, detrás de los sucios cristales, exhiben toda clase de baratijas, grandes maniquíes de cera y muñecas de peluqueros.
Vestidas con largas ropas de encaje pasan, provocadoras, las prostitutas. Son quizás, por otra parte, las mujeres de los peluqueros o de los músicos de las tabernas. Andan con un paso elástico de animales feroces y llevan en sus rostros malvados y corrompidos una pequeña deformación destructiva: sus ojos negros son estrábicos, tienen la boca desgarrada o les falta la punta de la nariz.
Los vecinos están orgullosos de las emanaciones viciosas de la calle de los Cocodrilos. No nos privamos de nada, piensan satisfechos, podemos ofrecernos el lujo de un verdadero libertinaje. Dicen que todas las mujeres del barrio son cortesanas. En efecto, basta mirar a cualquiera de ellas para encontrar una mirara insistente, viscosa, que nos hiela con su certidumbre voluptuosa. Hasta las escolares tienen un modo de llevar los moños, un cierto defecto en los ojos, una manera de mover sus esbeltas piernas, en los que se esboza su futura depravación.
Y sin embargo... Sin embargo, ¿será necesario, aún, traicionar el último secreto de este barrio, el misterio cuidadosamente conservado de la calle de los Cocodrilos? Varias veces, en el curso de esta narración, hemos manifestado ciertos escrúpulos y expresado discretamente nuestras reservas. El lector atento no se sorprenderá pues al descubrir la incógnita del asunto. Hablamos del carácter mimético de este barrio, pero este término tiene también un significado bastante claro para expresar la esencia intermedia e indecisa del barrio.
Nuestro lenguaje no tiene vocablos que permitan fijar los grados de la realidad o definir su densidad. Digámoslo sin disimulo: la fatalidad de este barrio reside en que nada cobra realidad en él. Todos los gestos insinuados quedan en suspenso, se agotan prematuramente y no pueden trasponer ciertos límites. Hemos tenido la oportunidad de observar la exuberancia y prodigalidad de las intenciones, de los proyectos y de las anticipaciones: no se trataba de otra cosa que de una fermentación de deseos, precoz y, por lo tanto, estéril.
En una atmósfera de facilidad excesiva todos los caprichos germinan y la tensión más pasajera crece y se cubre de estériles excrecencias, hierbas silvestres de la pesadilla, adormideras febriles y descoloridas. Sobre todo el barrio se cierne un olor de pecado disoluto y perezoso: gentes, casas y tiendas sólo parecen, a veces, un estremecimiento de su cuerpo febril, un espasmo entre sus ensoñaciones. En parte alguna como aquí se siente uno a tal punto amenazado por la proximidad de realización, debilitado y paralizado por la aprehensión voluptuosa del hecho a cumplirse. Pero todo termina allí.
Una vez superado cierto nivel, el flujo se detiene y retrocede, la atmósfera pierde color, las posibilidades recaen en la nada, las amapolas grises y enloquecidas de la excitación se disipan en cenizas.
Nunca nos abandonará el arrepentimiento de habernos alejado de aquella sastrería. Sabemos que jamás volveremos a encontrarla. Iremos de una insignia a otra y siempre nos equivocaremos. Visitaremos decenas de negocios parecidos, caminaremos entre murallas de libros, hojearemos centenares de publicaciones, mantendremos confusas negociaciones con vendedoras de piel pigmentada y belleza defectuosa que no comprenderán nuestros deseos. Caeremos en confusiones sin fin, hasta que nuestra fiebre y nuestro desasosiego se agotarán, después de tantos esfuerzos inútiles, tantas búsquedas infructuosas.
Nuestras esperanzas reposaban sobre un equívoco; la ambigüedad del local era sólo una apariencia; la tienda era una verdadera sastrería y el empleado no tenía ninguna intención oculta. En cuanto a las mujeres de la calle de los Cocodrilos, su depravación es más bien moderada y se ahoga bajo espesas capas de prejuicios. En esta ciudad de la mediocridad no hay lugar para los instintos exuberantes ni para las pasiones obscuras e insólitas.
La calle de los Cocodrilos era una concesión de nuestra ciudad al progreso y a la corrupción modernas. Pero, como es natural, sólo podíamos pretender edificar una imitación en papel maché, un fotomontaje hecho con recortes de viejos periódicos amarillentos.

Friday, August 26, 2016

Cuento de la semana: ¡Oh, ser un blobel!, de Philip K. Dick

El tomo IV de los Cuentos completos de la edición Minotauro contiene este relato. La portada es la mejor de la colección.
La maravilla de la literatura de Philip Dick es el haber introducido al mediocre héroe, propio de las novelas más formales al formato de la (muchas veces) ciencia ficción más caricaturesca. En este cuento, escrito en una época relativamente joven de su carrera, conforma una terrible metáfora sobre la futilidad de la intolerancia y su aún más espantosa inevitabilidad.



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¡Oh, ser un blobel! -Oh, to be a blobel! (1964)




Introdujo una moneda de platino de veinte dólares en la ranura, y el

analista, después de una pausa, se iluminó. Sus ojos brillaron afablemente.

Carraspeó, Cogió una pluma y un bloc de papel amarillo de su escritorio y dijo:

-Buenos días, señor. Puede usted empezar.

-Buenos días, doctor Jones. Supongo que no es usted el mismo doctor Jones

que redactó la biografía definitiva de Freud... Eso ocurrió hace un siglo. -Rió

nerviosamente. Siendo un hombre de condición más bien modesta, no estaba

acostumbrado a tratar con los nuevos psicoanalistas completamente homostáticos-.

Bueno -añadió-, ¿tengo que contestar a sus preguntas, o darle los datos de mi caso,

o qué?

El doctor Jones dijo:

-Puede empezar diciéndome quién es y... por que me ha escogido precisamente

a mí.

-Soy George Munster, del pasillo 4, edificio WEF-395, del condominio

establecido en 1996 en San Francisco.

-¿Cómo está usted, Mr. Munster?

El doctor Jones extendió su mano y George Munster la estrechó. Descubrió que

la mano tenía la agradable temperatura del cuerpo humano y era decididamente

suave. Sin embargo, el apretón fue viril.

-Verá dijo Munster-. Soy un ex-Gl, un veterano de guerra. Por eso obtuve mi

apartamiento en el condominio WEF-395. Los veteranos tenían preferencia.

-Oh, sí! dijo el doctor Jones, parpadeando rítmicamente, como si midiera el paso

del tiempo-. La guerra con los Blobels.

-Luché tres años en aquella guerra dijo Munster, alisando nerviosamente su

largo y negro pelo-. Odiaba a los Blobels y me presenté voluntario. Tenía dieciocho

años y mi empleo era muy bueno... Pero la Cruzada para limpiar el Sistema Solar de

Blobels fue para mí lo primero.

-Hum -dijo el doctor Jones, parpadeando y asintiendo.

George Munster continuó:

-Luché bien. En realidad, obtuve dos condecoraciones y una citación en el

campo de batalla. Ascendí a cabo. Me concedieron los galones porque sin ayuda de

nadie puse en fuga a un satélite de observación lleno de Blobels; nunca supimos

cuántos eran, exactamente, ya que siendo Blobeis tienden a unirse y a desunirse de

un modo desconcertante...

Se interrumpió emocionado. El hablar de la guerra era demasiado para él. Se

tendió en el diván, encendió un cigarrillo y trató de calmarse.

Los Blobels habían emigrado originariamente de otro sistema astral,

probablemente Proxima. Hacía varios millares de años que se habían establecido

en Marte y en Titan, dedicándose a la agricultura. Eran evoluciones de la primitiva

ameba unicelular, bastante grandes y con un sistema nervioso altamente

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desarrollado, pero continuaban siendo amebas, seudópodos, y se reproducían por

desdoblamiento. En su mayor parte eran hostiles a los colonos terrestres.

La guerra había estallado por motivos ecológicos. El Departamento de Ayuda al

Exterior de las Naciones Unidas había querido cambiar la atmósfera de Marte,

haciéndola más respirable para los colonos terrestres. Sin embargo, el cambio

perjudicó a las colonias de Blobels establecidas allí. De ahí el conflicto.

Teniendo en cuenta el movimiento browniano, reflexionó Munster, no era posible

cambiar ~a

mitad

de la atmósfera de un planeta. En un período de diez años, la

atmósfera modificada se había difundido a través de todo el planeta, causando

sufrimientos -o al menos así lo alegaron ellos- a los Blobels. Como desquite, una

flota Blobel se acercó a la Tierra y puso en órbita una serie de satélites

técnicamente adulterados y destinados a viciar la atmósfera terrestre. No

consiguieron 511 objetivo, desde luego, porque el Departamento de Guerra de las

Naciones Unidas había entrado en acción; los satélites fueron destruidos por

proyectiles autodirigidos... y estalló la guerra.

El doctor Jones dijo:

-¿Está usted casado, Mr. Munster?

-No, señor -respondió Munster-. Y... -se estremeció-lo comprenderá usted

cuando se lo haya contado todo. Verá, doctor, seré sincero. Fui espía terrestre. Esa

era mi tarea. Me escogieron para ello debido a mi bravura en el campo de batalla.

No fue por mi gusto.

-Comprendo -dijo el doctor Jones.

-¿De veras? ¿Sabe usted lo que era necesario en aquellos días para que un

terrestre pudiera efectuar un espionaje eficaz entre los Blobels?

El doctor Jones asintió.

-Sí, Mr. Munster. Tuvo usted que renunciar a su forma humana y asumir la

forma de un Blobel.

Munster no dijo nada; se limitó a abrir y cerrar nerviosamente sus puños.

Delante de él, el doctor Jones parpadeó.

Aquella noche, en su pequeño apartamiento del WEF-395, Munster abrió una

botella de whisky y se sentó a beber en la misma botella, falto de la energía

necesaria para alcanzar. un vaso de la alacena situada encima del fregadero.

¿Qué había sacado en limpio de su entrevista con el doctor Jones? Nada,

absolutamente nada. Y se había comido buena parte de sus escasos recursos

económicos..., escasos debido a que...

Debido a que durante casi doce horas diarias reasumía, a pesar de sus

esfuerzos y de la ayuda del Departamento de Hospitalización de Veteranos de las

Naciones Unidas, su antigua forma Blobel. Volvía a convertirse en una amorfa masa

unicelular, en su propio apartamiento del WEF-395.

Sus recursos financieros consistían en una modesta pensión del Departamento

de Guerra. Encontrar un empleo resultaba imposible, porque en cuanto le

contrataban la emoción provocaba 511 transformación inmediata, a la vista de su

nuevo patrono y de sus compañeros de trabajo.

Esto no le ayudaba a establecer unas afortunadas relaciones laborales.

En aquel momento, a las ocho de la noche, notaba que estaba empezando a

transformarse. Era una antigua y familiar experiencia para él, y la detestaba. Se

bebió apresuradamente otro trago de whisky, dejó la botella sobre la mesa... y

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experimentó la sensación de que se convertía en una especie de charco

homogéneo.

Sonó el teléfono.

-¡No puedo contestar! -le gritó al aparato.

El relé del aparato recogió su angustiado mensaje y lo transmitió a la persona

que llamaba. Ahora, Munster se había transformado en una masa gelatinosa tendida

en medio de la alfombra. Onduló hacia el teléfono... el cual seguía sonando a pesar

de 511 advertencia, y Munster se irritó. ¿No tenía ya bastantes preocupaciones,

para tener que entendérselas con el teléfono?

Acercándose al aparato, extendió un seudópodo y descolgó el receptor. Con un

gran esfuerzo modeló su sustancia plástica a semejanza de un aparato vocal, de

opaca resonancia.

-Estoy ocupado -balbució-. Llame más tarde.

<(Llame -pensó mientras colgaba- mañana por la mañana. Cuando haya vuelto

a asumir mi forma humana.»

El apartamiento quedó silencioso.

Suspirando, Munster se arrastró a través de la alfombra hasta la ventana, donde

se subió a un alto escabel para poder ver el panorama que se extendía más allá. Su

superficie exterior estaba provista de una pequeña zona sensible a la luz, y aunque

no poseía un verdadero ojo podía apreciar -nostálgicamente- la mancha de la Bahía

de San Francisco, el puente de la Golden Gate, el parque infantil que era la isla de

Alcatraz...

«No puedo pensar en casarme -se dijo a sí mismo amargamente-. No puedo

vivir una verdadera existencia humana, reasumiendo todos los días la forma que los

mandamases del Departamento de Guerra me obligaron a adoptar...»

Cuando aceptó la misión, ignoraba que produciría en él este efecto permanente.

Le habían asegurado que era una cosa provisional, temporal, o algo por el estilo. ¡

Provisional! ¡Y hacía once

años

que duraba!

Los problemas psicológicos que le creaba aquella situación, y la presión sobre

su mente, eran inmensos. De aquí que decidiera visitar al doctor Jones.

El teléfono volvió a sonar.

-De acuerdo ~dijo Munster en voz alta, y se arrastró trabajosamente hacia el

aparato-. ¿Quiere usted hablar conmigo? -siguió diciendo, cada vez más cerca del

teléfono; para alguien que tenía forma Blobel, era un viaje muy largo -. Hablaré con

usted. Incluso puede conectar el vídeo y

mirarme.

-Una vez ante el teléfono, pulsó el

interruptor que permitía la comunicación visual al mismo tiempo que la auditiva-.

Míreme bien dijo. Y se situó delante del tubo transmisor del vídeo.

A través del receptor llegó la voz del doctor Jones.

-Siento molestarle en su casa, Mr. Munster, especialmente encontrándose en

ese... ejem... desagradable estado.

-El analista homostático hizo una pausa-. Pero he estado meditando acerca de

su situación, y es posible que tenga una solución parcial.

-¿Qué? -exclamó Munster, cogido por sorpresa-. ¿Quiere usted decir que la

ciencia médica puede...?

-No, no -se apresuró a decir el doctor Jones-. Los aspectos físicos quedan fuera

de mi especialidad, Mr. Munster. Cuando usted me consultó acerca de sus

problemas, lo que le interesaba era el reajuste psicológico...

-Ahora mismo voy a su oficina y hablaremos dijo Munster. Y entonces se dio

cuenta de que no podía hacerlo; en su forma Blobel, tardaría varios días en llegar a

la oficina del analista-. ¡Doctor Jones! -añadió desesperadamente-. Ya ve usted los

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problemas con que me enfrento. Estoy clavado a este apartamiento desde las ocho

de la noche hasta las siete de la mañana, día tras día. Ni siquiera puedo visitarle a

usted, y consultarle, y obtener ayuda...

-Tranquilícese, Mr. Munster -le interrumpió el doctor Jones-. Estoy tratando de

decirle algo. No es usted el único que se encuentra en esas condiciones. ¿Lo

sabía?

-Desde luego -respondió Munster-. Durante la guerra, fueron transformados en

Blobels ochenta y tres terrestres. De los ochenta y tres -se sabía los datos de

memoria- sobrevivieron sesenta y uno, y en la actualidad existe una organización

llamada Veteranos de Guerras Artificiales que agrupa a cincuenta de ellos, Yo

mismo soy miembro de esa organización. Nos reunimos dos veces al mes, nos

transformamos juntos... -Empezó a colgar el teléfono. Se había gastado el dinero

para que le informaran de algo que había olvidado de puro viejo-. Buenas noches,

doctor -murmuró.

- ¡ Mr. Munster! -El doctor Jones parecía estar algo excitado-. No me refiero a

otros terrestres. He estado investigando en beneficio suyo, y he descubierto que, de

acuerdo con unos informes que fueron capturados al enemigo y que ahora se

encuentran en la Biblioteca del Congreso, quince Blobels fueron transformados en

seudoterrestres para que actuaran como espías en la Tierra. ¿Comprende usted?

Al cabo de unos instantes, Munster dijo:

-No del todo.

-Tiene usted una reserva mental contra la posibilidad de ser ayudado dijo el

doctor Jones-. Lo único que quiero es que venga a mi oficina mañana por la

mañana, a las once. Nos ocuparemos de la solución a su problema, Buenas noches.

-Buenas noches -dijo Munster.

Colgó el receptor, intrigado. De modo que había quince Blobels paseando por

Titán en aquel momento, condenados a asumir formas humanas... Bueno, ¿cómo

podía ayudarle esto a él?

Tal vez lo descubriera a la mañana siguiente, a las once.

Cuando entró en la sala de espera del doctor Jones vio, sentada en una butaca

y leyendo un ejemplar de

Forinne,

a una joven sumamente atractiva.

Maquinalmente, Munster se sentó en un lugar desde el cual podía observarla a

placer, mientras fingía leer su propio ejemplar de

Orine.

Piernas esbeltas, codos

pequeños y delicados, ojos inteligentes, nariz ligeramente respingona... Una

muchacha realmente encantadora, pensó. La contempló fijamente... hasta que la

joven levantó la cabeza y le dirigió una fría mirada.

-Es aburrido tener que esperar -murmuró Munster.

La muchacha dijo:

-¿Viene usted a menudo a ver al doctor Jones?

-No -admitió Munster-. Esta es la segunda vez.

-Yo no había estado nunca aquí dijo la muchacha-. Iba a otro psicoanalista

electrónico de Los Ángeles, el doctor Bing. Anoche me llamó por teléfono y me dijo

que tomara un avión y me presentara esta mañana en el consultorio del doctor

Jones. ¿Es bueno?

-Supongo que sí dijo Munster.

En aquel momento se abrió la puerta del despacho y apareció el doctor Jones.

-Miss Arrasmith dijo, inclinando la cabeza hacia la muchacha-. Mr. Munster. -

Saludó a George-. ¿Quieren ustedes pasar?

Poniéndose en pie, miss Arrasmith dijo:

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-¿Quién paga los veinte dólares?

Pero el analista quedó silencioso. Se había apagado.

-Pagaré yo -dijo Miss Arrasmith, echando mano a su bolso.

-No, no -se apresuró a decir Munster-. Permítame.

Sacó una moneda de veinte dólares y la depositó en la ranura del analista.

Inmediatamente, el doctor Jones dijo:

-Es usted un caballero, Mr. Munster. -Sonriendo, les invitó a entrar en su

despacho-. Siéntense, por favor. Miss Arrasmith, permítame que sin ningún

preámbulo le explique a Mr. Munster sus... circunstancias. -Se volvió hacia George-.

Miss Arrasmith es una Blobel.

Munster miró a la muchacha, asombrado.

-Evidentemente -continuó el doctor Jones-, ahora se encuentra bajo la forma

humana. Durante la guerra, actuó detrás de las líneas terrestres como espía del

ejército Blobel. Fue capturada, pero su captura coincidió con el final de la guerra y

no fue juzgada.

-Me dejaron en libertad dijo Miss Arrasmith-. Y me quedé aquí por vergüenza.

No podía regresar a Titán, y...

Hizo un vago ademán.

-Para un Blobel -explicó el doctor Jones-, la forma humana resulta vergonzosa.

Asintiendo, Miss Arrasmith se llevó un fino pañuelo a los ojos.

-Efectivamente, doctor. Fuime a Titán para consultar a las autoridades médicas

acerca de mi estado. Después de un complicado y largo tratamiento, consiguieron

que recobrara mi forma natural durante unas seis horas diarias. Pero, las otras

dieciocho horas...

Volvió a llevarse el pañuelo a los ojos.

- ¡ Es usted muy afortunada! -protestó Munster-. Una forma humana es

infinitamente superior a una forma Blobel. Lo sé por experiencia. Un Blobel tiene

que arrastrarse por el suelo. Es como un calamar; sin un esqueleto para mantenerse

erguido. Realmente...

El doctor Jones le interrumpió.

-Durante un período de seis horas, sus formas humanas coinciden. Y luego,

durante una hora, coinciden sus formas Blobel. De modo que de las veinticuatro

horas del día, hay siete en las que sus formas son idénticas. En mi opinión, siete

horas son un plazo que no está mal. ¿Comprenden adónde quiero ir a parar?

Al cabo de unos instantes, Miss Arrasmith dijo:

-Pero, Mr, Munster y yo somos enemigos naturales.

-Eso fue hace muchos años -dijo Munster.

-Exacto -asintió el doctor Jones-. En realidad, Miss Arrasmith es básicamente

una Blobel, y usted, Munster, es un terrestre. Pero los dos están desplazados en

sus respectivas civilizaciones, y ello produce en ustedes una pérdida gradual de

ego-identidad. Se exponen a contraer una grave enfermedad mental..., a menos que

lleguen a un acuerdo entre ustedes.

El analista se calló.

Miss Arrasmith dijo, en voz baja:

-Creo que hemos estado de suerte, Mr. Munster. Tal como dice el doctor Jones,

nuestras formas coinciden durante siete horas al día. Podemos disfrutar de ese

tiempo juntos, sin sentirnos ya aislados.

Munster pareció vacilar,

-Dele tiempo para pensarlo -le dijo el doctor Jones a Miss Arrasmith-. Verá cómo

acaba aceptando.

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II

Varios años después, sonó el teléfono de la oficina del doctor Jones. Respondió

como de costumbre:

-Por favor, dama o caballero, si desea hablar conmigo deposite veinte dólares.

Al otro extremo del hilo, una voz masculina dijo:

-Escuche, ésta es la Oficina Jurídica de las Naciones Unidas y no depositamos

veinte dólares para hablar con nadie. De modo que suelte ese mecanismo que lleva

dentro, Jones.

-Sí, señor dijo el doctor Jones, y con su mano derecha empujó hacia abajo la

pequeña palanca situada detrás de su oreja.

-Ahora, escuche , dijo el abogado de las Naciones Unidas-. En el año 2037

aconsejó usted el matrimonio a una pareja formada por un tal George Munster y una

tal Vivian Arrasmith, ¿no es cierto?

-Sí -respondió el doctor Jones, después de consultar sus archivos electrónicos.

-¿Ha investigado usted las consecuencias jurídicas de ese matrimonio?

-No, desde luego que no dijo el doctor Jones-. Lo jurídico no es mi especialidad.

-Puede usted ser procesado por aconsejar un acto contrario a las leyes de las

Naciones Unidas.

-No existe ninguna ley que prohíba el matrimonio de un terrestre y una blobel.

El abogado de las Naciones Unidas dijo:

-De acuerdo, doctor, iré a echarles una ojeada a las historias clínicas de sus

pacientes.

- ¡ Imposible! -exclamó el doctor Jones-. Sería una transgresión a la ética

profesional.

-Entonces, obtendremos una orden de secuestro.

-Como quiera.

El doctor Jones acercó la mano a su oreja para desconectar su mecanismo

auditivo.

- ¡ Espere! Tal vez le interese saber que los Munster tienen ahora cuatro hijos.

Y, de acuerdo con la ley Mendeliana Revisada, su venida al mundo se produjo por

este orden: una niña Blobel, un niño híbrido, una niña híbrida y una niña terrestre. El

problema jurídico estriba en que el Consejo Supremo Blobel reclama a la niña

Blobel como ciudadana de Titán, y sugiere también que uno de los dos híbridos sea

entregado a la jurisdicción del Consejo. -El abogado de las Naciones Unidas

explicó-: Verá, el matrimonio de los Munster ha fracasado. Han pedido el divorcio, y

es un verdadero problema saber las leyes que deben aplicárseles, a ellos y a su

prole.

-Sí, dijo el doctor Jones-, lo comprendo. ¿Y cuál ha sido la causa del fracaso de

su matrimonio?

-No lo sé, ni me importa. Posiblemente, el hecho de que ninguno de los dos era

completamente terrestre ni completamente Blobel. ¿Por qué no habla directamente

con ellos, si quiere saberlo?

El abogado de las Naciones Unidas colgó.

«¿Acaso cometí un error, aconsejándoles que se casaran? -se preguntó el

doctor Jones-. Tengo que hablar con ellos.> Abriendo el listín telefónico de Los

Ángeles, su dedo índice comenzó a recorrer los nombres que empezaban con la

letra M.

7

Habían sido seis años difíciles para los Munster.

Después de su boda, George se había trasladado desde San Francisco a Los

Angeles. Vivían y él se habían instalado en un apartamiento que tenía tres

habitaciones en vez de dos. Vivian, gracias a que tenía forma terrestre durante

dieciocho horas del día, pudo obtener un empleo en la oficina de Información del

Aeropuerto de los Ángeles. George, en cambio...

Su pensión ascendía a la cuarta parte del sueldo de su esposa, y el hecho

lastimaba su amor propio. Para aumentar sus ingresos, buscó algún medio de ganar

dinero en casa. Finalmente, en una revista encontró este prometedor anuncio:

¡OBTENGA SANEADOS BENEFICIOS EN SU

PROPIO HOGAR! CRIE RANAS GIGANTES

PROCEDENTES DE JÚPITER, CAPACFS DE

DAR SALTOS DE OCHENTA PIES. PUEDEN

TOMAR PARTE EN LAS CARRERAS DE RANAS,

Y...

De modo que en 2028 había comprado su primera pareja de ranas importadas

de Júpiter y había empezado un negocio que había de producirle saneados

beneficios en su propio hogar. Mejor dicho, en un rincón del sótano que Leopold, el

portero parcialmente homostático, le permitía utilizar gratuitamente.

Pero en la relativamente débil gravedad de la tierra, las ranas de Júpiter daban

unos saltos enormes, y el sótano resultó ser demasiado pequeño para ellas;

rebotaban de pared en pared como verdes pelotas de ping-pong, y no tardaron en

morir. Evidentemente, se necesitaba algo más que un rincón del sótano del edificio

QEJ(-604 para albergar a aquellos condenados bichos.

.Luego nació su primer hijo. Un Blobel de pura sangre. Durante las veinticuatro

horas del día era una masa gelatinosa, y George esperó en vano que adquiriera

forma humana, aunque sólo fuera por un momento.

Habló desabridamente con Vivían del asunto, durante uno de los períodos en

que ambos tenían forma humana.

-¿Cómo puedo considerarle hijo mío? -inquirió George-. Es una forma de vida

extraña para mí. -Estaba desatentado e incluso horrorizado-. El doctor Jones debió

prever esto. Desde luego, no puede negarse que cs hijo tupo... Es igual que tú.

Los ojos de Vivían se llenaron de lágrimas.

-Lo dices de un modo insultante.

-¡Desde luego! -Se puso el abrigo-. Me voy al cuartel general de los Veteranos

de Guerras Artificiales -informó a su esposa-. Me tomaré una cerveza con los

muchachos.

Poco después entraba en el cuartel general de los VGA, un antiguo edificio del

siglo xx necesitado de una capa de pintura. Los VGA tenían pocos fondos, ya que la

mayor parte de sus miembros eran, como George Munster, pensionistas de las

Naciones Unidas. Sin embargo, disponían de una mesa de billar, de un aparato de

televisión 3D, muy antiguo, de unas cuantas docenas de discos de música popular y

de un tablero de ajedrez. George solía beberse una cerveza y jugar al ajedrez con

SUS compañeros, en forma humana o en forma Blobel; aquél era el único lugar

donde Sé admitía a las dos formas.

Aquella noche se sentó con Pete Ruggles, un veterano que también estaba

casado con una mujer Blobel reasumía, al igual que Vivian, la forma humana.

-No puedo soportarlo por más tiempo, Pete. He tenido un hijo que es una masa

gelatinosa. Toda mi vida he deseado tener un hijo, y ahora... ¡No puedo más!

10

-Entonces no querrás seguir casado conmigo, George, porque podrás hacerlo

con una mujer terrestre.

No podía hacerle eso a Vivian, pensó George. Y abandonó la idea.

En la primavera de 2041 nació su tercer hijo; fue una niña y fue híbrida, como

Maurice. Era Blobel durante la noche y terrestre durante el día.

Entretanto, George había encontrado una solución a algunos de sus problemas.

Se buscó una amante.

III

La amante era Nina Glaubman, una ex Blobel, esposa de uno de sus

compañeros de los VGA.

Su industria de cinturones adelgazantes había prosperado hasta el punto de que

ahora tenía quince empleados terrestres y una pequeña y moderna fábrica. Si los

impuestos de las Naciones Unidas hubieran sido más razonables, sería un hombre

rico. Pensando en ello, George se preguntó qué tal andarían los impuestos en el

territorio Blobel, en lo, por ejemplo.

Una noche, en el cuartel general de los VGA, habló del asunto con Reinholt, el

marido de Nina, que parecía ignorar lo que había entre su esposa y George.

-Tengo grandes planes, Reinholt dijo George mientras apuraba su cerveza-.

Esto se está poniendo imposible. Todo lo que gano se lo lleva el gobierno. Y se me

ha ocurrido trasladar la fábrica a otro planeta, ¿comprendes?

Reinholt dijo, friamente:

-Eres un terrestre, George. Emigrar con tu fábrica a territorio Blobel sería

traicionar a tu...

- Escucha -le interrumpió George-. Tengo un hijo Blobel pura sangre, dos hijos

medio Blobels y un cuarto en camino. Supongo que eso representa un fuerte lazo

emotivo

con la gente de Titán y de lo.

-Eres un traidor -replicó Reinholt, dándole un puñetazo en la boca-. Y no sólo

por esto -continuó, golpeando a George en el estómago-. Estoy enterado de que

sales con mi esposa. ¡Voy a matarte!

Para escapar, George asumió la forma Blobel; los golpes de Reinholt se

estrellaron inofensivamente en su cuerpo gelatinoso. Pero Reinholt se transformó a

su vez y se lanzó contra él con intenciones asesinas, tratando de absorber el núcleo

de George.

Afortunadamente, la intervención de otros veteranos impidió que Reinholt

consumara sus propósitos.

Aquella misma noche, todavía tembloroso, George estaba sentado con Vivian

en el salón de su nuevo y lujoso apartamiento del edificio ZGF-900. Desde luego,

Reinholt informaría a Vivían de lo que sucedía. Su matrimonio estaba roto. Este era

quizás el último momento que pasaban juntos.

-Vivían dijo George-, tienes que creerme. Te quiero. Tú y los niños -y el negocio

de cinturones, naturalmente sois toda mi vida... -Se le ocurrió una idea

desesperada-. Vamos a emigrar esta misma noche, ahora mismo. Coge a los niños

y vámonos a Titan.

-No puedo ir allí dijo Vivían-. Sé cómo me trataría mi gente, y cómo os tratarían

a ti y a los niños. Márchate tú, George. Traslada la fábrica a lo. Yo me quedaré aquí.

Sus ojos negros se habían llenado de lágrimas.

-¿Qué clase de vida sería ésa? -protestó George-. Tú en la Tierra y yo en lo...

¿Y los niños?

13

-Lo sé dijo el doctor Jones-. Esta vez, un terrestre, si no fallan las Leyes de

Mendel... aunque yo creía que sólo se aplicaban a los guisantes.

Mrs. Munster continuó:

-He estado en Titan, consultando a los médicos, ginecólogos y consejeros

matrimoniales más famosos. Durante el pasado mes he recibido toda clase de

consejos. Ahora he regresado a la Tierra,.. para encontrarme con que George ha

desaparecido. No puedo dar con él.

-Me gustaría poder ayudarla, Vivían dijo el doctor

Jo

nes-. El otro día hablé

brevemente con su marido, pero no pude sacar nada en limpio. Por lo visto, ahora

es un importante hombre de negocios y resulta difícil llegar hasta él.

-Y pensar -murmuró Vivían amargamente- que lo ha alcanzado toda gracias a

una idea que yo le di... Una idea Blobel.

-Ironías del destino dijo el doctor Jones-. Bien, si quiere usted conservar a su

marido, Vivían...

-Estoy decidida a conservarle, doctor Jones. Sinceramente, en Titán me he

sometido a tratamiento, el más moderno y el más caro, porque quiero a George

mucho más que a mi propia gente y a mi planeta.

-¿Qué tratamiento? -inquirió el doctor Jones.

-A través de las técnicas más nuevas de la ciencia médica en todo el Sistema

Solar dijo Vivían-, he sido estabilizada. Ahora tengo forma humana durante las

veinticuatro horas del día. He renunciado definitivamente a mí forma natural para

salvar mi matrimonio con George.

-El sacrificio supremo ~dijo el doctor Jones, impresionado.

-Con tal de que pueda encontrarle...

- Este es un gran día para mí, Hank -murmuró George Munster, ahuecando en

forma de aparato vocal parte de la sustancia gelatinosa que componía su cuerpo

unicelular.

-Desde luego, Mr. Munster -asintió Ramarau, que estaba en pie junto a George

con los documentos legales.

El funcionario de lo, una masa gelatinosa como George, reptó hasta Ramarau,

cogió los documentos y articuló:

-Los transmitíré a mi gobierno. Supongo que están en orden, Mr. Ramarau.

-Puedo garantizárselo -dijo Ramarau-. Mr. Munster no volverá a asumir nunca

más la forma humana. Se ha sometido a un tratamiento, beneficiándose de las

técnicas más nuevas de la ciencia médica, para alcanzar esta estabilidad en la fase

unicelular de su antigua rotación. Ahora es un Blobel completo.

-Este momento histórico dijo George Munster, irradiando su pensamiento al

grupo de Biobels locales que asistían a la ceremonia, significará un nivel de vida

más elevado para los ciudadanos de lo, que encontrarán empleo en la nueva

fábrica. Aparte de la prosperidad que traerá a esta región, la nueva fábrica será un

motivo de orgullo nacional, por cuanto el Cinturón Reductor electromagnético

Munster tuvo su origen en una idea Blobel.

El grupo de Blobels irradió sus congratulaciones.

-Este es el mejor día de mi vida -añadió George Munster, y empezó a reptar

lentamente hacia su automóvil, donde le esperaba su chófer para conducirle a las

habitaciones que tenía alquiladas en el hotel de lo City.

Algún día sería dueño de aquel hotel. Estaba invirtiendo los beneficios de su

negocio en fincas. Según le habían informado otros Blobels, era un modo patriótico -

y provechoso de invertir el dinero.